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La guía más novedosa para alcanzar este escurridizo objetivo está en Internet.

Cuando me enteré de que el curso más popular en la historia de la Universidad de Yale, un curso de psicología para ayudar a los estudiantes a aprender a ser más felices, estaba disponible para todo el mundo de forma gratuita en Internet, decidí que tenía que verlo. Después de todo, llevo años escribiendo sobre la felicidad, ofreciendo técnicas de investigadores para estimular el bienestar. Sentía curiosidad por ver lo que la profesora Laurie Santos recomendaba como mejores consejos y estudios sobre la felicidad. El curso de diez semanas, una serie de clases en video, llevaría unas 19 horas en terminarlo. Con la misma velocidad que decidí hacer el curso, decidí no hacerlo sola: invité a mi novio a unirse. Uno de los motivos es porque asumí que yo estaría familiarizada con los conceptos y quería ver cómo reaccionaba alguien que no había oído hablar del tema. Pero otro motivo por el que convencí a Ian de que participara fue porque esperaba que se beneficiara del curso. Ian se preocupa por todo y siempre espera lo peor de cada situación cotidiana. A veces se toma muy a pecho las críticas en el trabajo o los comentarios de amigos y eso le puede estropear el día. Ian es un hombre amable y atento que se merece más bienestar en su vida. 

Ian y yo estamos divorciados y tenemos seis hijos entre los dos. No nos vemos mucho entre semana, porque estamos ocupados con el trabajo y nuestras familias, pero una semana de cada dos pasamos tiempo juntos. Durante tres meses, pasamos buena parte del tiempo absorbiendo lo que el curso nos ofrecía. Y después de terminarlo, estoy convencida de que cualquiera que adopte y practique las estrategias que sugiere puede convertirse realmente en una persona más feliz.

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Aprendimos que las cosas por las que lucha la gente, pensando que les van a hacer más felices (un sueldo mayor, una casa mejor o un cuerpo perfecto) realmente no añaden alegría a nuestras vidas. Sin embargo, está demostrado que tácticas sorprendentes, como la inversión en experiencias más que en objetos materiales, nos hacen más felices.

Así que hacer ejercicio, socializar, dormir bien y priorizar el tiempo libre en vez de aumento de sueldo. Una vez que identifica estos caminos hacia la felicidad, puede empezar a influir en su propio estado de ánimo.

Muchas personas no se dan cuenta de que es posible esforzarse para ser un poco más feliz, si uno comprende los mecanismos para conseguirlo, me dijo Santos después de que Ian y yo hiciéramos su curso por Internet. “Es como una rueda que llenas de aire pero que de vez en cuando tiene pérdidas, y la tienes que volver a inflar. Eso significa que estas prácticas constantes son realmente lo que necesitamos para estimular la felicidad. No tiene un efecto inmediato, tienes que trabajarlo”.Ian y yo aprendimos a reconocer formas en las que nuestra mente nos engaña para hacernos más infelices. Por ejemplo, tendemos a comparar nuestros logros con los de las personas que nos rodean. Y nuestros cerebros se adaptan a los cambios, así que tener un auto nuevo es emocionante al principio, pero después se convierte en un statu quo y no provoca el mismo nivel de alegría. Aunque parte del curso se centraba en el deseo de conseguir buenas notas, dar con el trabajo perfecto y encontrar a alguien con quien sentar la cabeza, nos dimos cuenta de que las lecciones no eran únicamente útiles para los alumnos universitarios. Ian y yo somos de mediana edad y, sin embargo, podíamos aplicar también gran parte de lo que decía Santos. 

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“Puedes ver cómo estos ejemplos se aplican a las personas en cualquier momento de sus vidas”, dijo Santos. “Lo que sugiere la ciencia es que estos consejos pueden aplicarse de forma universal. También se aplican a todas las edades, culturas o trabajo que tengas”. 

La felicidad a nuestro alcance

Durante el curso, Ian y yo intentamos poner en marcha varias técnicas para estimular nuestro estado de ánimo, como tener un diario en el que expresábamos gratitud todos los días y saborear las experiencias (comer una torta de chocolate) o los recuerdos (acordarnos de cuando nos enamoramos). Estábamos intentando mejorar nuestras puntuaciones básicas de felicidad, que habíamos evaluado inicialmente mediante una encuesta. Yo había obtenido una puntuación de 3 en una escala del 1 al 5. La de Ian fue de 1,6.

Los consejos que más nos gustaron del curso fueron los siguientes: 

·       Aumentar las relaciones sociales. Volver a conectar con un amigo durante una comida puede estimular la felicidad, pero también puede hacerlo un encuentro con un desconocido, según una investigación citada en el curso. La gente pronosticaba sus niveles de felicidad antes de hablar con desconocidos durante sus desplazamientos diarios al trabajo, y después valoraban sus impresiones tras los encuentros.

“Cuando se imaginan teniendo una conversación con alguien, vaticinan que van a tener una mala experiencia", afirmó la autora del estudio Juliana Schroeder, profesora en la Universidad de Berkeley, California.

“Sin embargo, después contaban exactamente lo contrario que pronosticaban y se daban cuenta de que era una experiencia más agradable que sentarse solos o hacer lo que solían hacer”.

La gente no habla con extraños a menudo porque tiene miedo de sentirse rechazada, pero la investigación de Schroeder demuestra que la mayoría de las personas charlaría con desconocidos. A Ian normalmente le encanta hablar con los mozos y he notado que desde que supimos de sus beneficios lo hace con más frecuencia. Después está radiante, gracias a las conexiones positivas.

“Siempre es divertido conocer otra mente —afirmaba Schroeder—. Una de las cosas más complejas con las que podemos interactuar es con los pensamientos, sentimientos y opiniones de otras personas. Es como pelar una cebolla. Hay mucho que aprender". 

·         Actos de bondad. Muchas personas recurren al cuidado personal cuando necesitan levantar el ánimo, pero la investigación demuestra que hacer actos de bondad con otras personas aumenta la felicidad. Santos subrayaba que la investigación demostraba que actuar voluntariamente para ayudar a alguien puede hacerlo más feliz que hacer cosas como darse un masaje o dormir la siesta.

“Simplemente te sientes bien como persona —dijo la autora del estudio Sonja Lyubomirsky, profesora de tecnología en la Universidad Riverside de California—, mientras que si te cuidas a ti mismo puede que te lleve a tener sentimientos de culpa por no ayudar a los demás”. Lyubomirsky ha descubierto que la realización de tres actos de bondad en un día aumenta la felicidad más que hacer un acto de bondad al día durante tres días seguidos.

“Todos llevamos a cabo actos solidarios, así que puede que ni lo notemos —afirmaba Lyubomirsky—, pero si llevamos a cabo tres, es realmente significativo; te sientes claramente buena persona”. Empeñarse en hacer más de tres puede ser contraproducente, porque podemos empezar a sentirlo como una obligación. Variar el enfoque puede ayudarnos a seguir motivados. “Encontramos que, si no variabas tus actos de bondad, eras un poco menos feliz porque era una especie de tarea monótona”, afirmó Lyubomirsky. “Al principio puedes conseguir este estímulo, pero transcurrido un tiempo, ya no vas a conseguir dicho estímulo".

Ian y yo abríamos la puerta a desconocidos, dejábamos que algún auto se nos colara en el atasco de la autopista y ayudábamos a los colegas a resolver sus problemas informáticos. Las reacciones que obteníamos de estos simples gestos nos hacían sentir mejor con nosotros mismos y no nos costaban nada.

A veces se trata de cosas tan simples como decir algo agradable o elogiar a un mozo", explicó Lyubomirsky. “Para ti es un pequeñísimo esfuerzo. Para ellos, podría suponer realmente un gran beneficio”. 

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          Más ejercicio. Cualquiera sabe que el ejercicio puede levantar el ánimo y Santos subrayaba este potente mensaje, citando un estudio que revelaba que las personas con depresión clínica que hacían ejercicio regularmente mejoraban tanto como las que tomaban antidepresivos, y diez meses después, los que hacían ejercicio tenían menos probabilidades de recaer.  

“Salir de una depresión no es exactamente lo mismo que la felicidad, pero todos los estudios demuestran lo mismo, que, si haces ejercicio, te encuentras mejor”, dijo el autor del estudio, el doctor Ranga Krishnan, profesor de psiquiatría en el Rush Medical College de Chicago. “No hay ningún estudio completo sin personas con algún grado de depresión, pero creo que la mayoría de las que hacen ejercicio te dirán que se sienten mejor”.

El ejercicio provoca cambios hormonales beneficiosos en el cuerpo y también ayuda a interrumpir los pensamientos negativos.

“Sal de la cama y haz algo —dijo Krishnan—, porque si te sientas y te agobias, tu ánimo empezará a empeorar. Incluso hemos visto estudios que demuestran que con una simple sesión de ejercicio podemos conseguir un montón de cambios beneficiosos en el cerebro y dichos cambios pueden ser el camino para salir de la depresión”.

Duerma más. Hoy las personas están más privadas de sueño que nunca. Acostarnos más tarde puede hacernos sentir mejor en el momento, pero el sueño está estrechamente vinculado con el estado de ánimo. Si recorta sus horas de sueño sistemáticamente puede convertirse en un cascarrabias, pero si duerme bien puede mejorar su estado de ánimo. Santos citaba un estudio que revelaba que las personas que dormían después de haber aprendido algo nuevo mejoraban su rendimiento más que las personas que permanecían despiertas después. Otro estudio revela que las personas que no duermen lo suficiente tienen tiempos de reacción más lentos y cometen más errores, aunque no piensan que están rindiendo por debajo de la media.

“A veces no eres consciente de lo perjudicado que estás. Es como estar borracho”, afirmó Adam Krause, profesor de psicología en la Universidad de Berkeley (California). “Si no dormimos lo suficiente, estos procesos realmente complejos (como las interacciones sociales) son de las primeras cosas que sacrificamos porque son muy complejas”.

Ian y yo intentamos dormir más durante una semana mientras hacíamos el curso, pero nuestros estilos de vida lo complicaban. “Muchas de las personas con las que hablo saben que dormir es bueno”, decía Krause. “Pero tienen un desafío por delante. Algunas se ven obligadas a sacrificar el sueño por el trabajo. Otras por la familia o por cualquier otra tarea”.

Practicar la felicidad

Para finalizar el curso, Ian y yo tuvimos que comprometernos con una actividad de promoción de la felicidad durante cuatro semanas (algo que realmente tuviera repercusión para hacerlo formar parte de nuestra rutina). Ian decidió hacer más ejercicio porque apenas iba al gimnasio, debido a su ocupada agenda de trabajo y sus deberes familiares, además de su sentimiento de culpa por dejar a su perro solo. Yo decidí dormir más, porque generalmente me acuesto a media noche para tratar de finalizar proyectos de trabajo.

La primera semana, Ian tomó un bolso de deporte y fue cuatro días al gimnasio después de trabajar. En su primera visita, me envió una foto corriendo en la cinta, encantado.

Esa semana yo me puse una alarma a las 22:30 que me recordara que era hora de irme a la cama. Normalmente dejaba de trabajar y 15 minutos después me metía en la cama. Al final de la primera semana, estaba tan descansada por las mañanas que me levantaba antes para pasar tiempo con mi hija mientras se preparaba para ir al colegio, y era mucho más productiva durante el día.

El resto de nuestro desafío de cuatro semanas no fue perfecto, pero cuando procurábamos mantener los objetivos éramos más felices. Durante algunas semanas estresantes, me quedaba trabajando todas las noches hasta tarde, e Ian estaba demasiado ocupado para ir al gimnasio.

Pero a pesar de todo, salimos de la experiencia con el deseo de seguir con nuestro compromiso: sigo teniendo una alarma que suena todos los días cuando es hora de irse a la cama; intento dejar lo que estoy haciendo e irme a dormir. Cuando lo consigo, me despierto tan descansada que me siento invencible. A Ian le gustaba hacer ejercicio habitualmente pero no le resultaba fácil llegar al gimnasio, así que se compró una cinta de correr y la usa por las tardes. Llega a casa antes y puede estar en compañía de su perro mientras mejora su salud y estado de ánimo. Está bastante contento con la decisión.

Al final del curso volvimos a realizar la encuesta de evaluación de la felicidad. Yo había subido de un 3,0 a un 3,6. La puntuación de Ian mejoró del 1,6 al 2,0, prueba de que las prácticas que estábamos incorporando a nuestras vidas estaban funcionando.

“Es uno de los motivos por el que los chicos están tan interesados con la clase —contó Santos—. Es como, espera, ¿puedo trabajar en ser más feliz como trabajo en mi salud física? ¿Puedo trabajar en esto al igual que aprendo un nuevo deporte o a tocar un nuevo instrumento?

Y la respuesta es: "Sí, puedes trabajar en ello. Y, de hecho, deberías hacerlo.” 

Puede encontrar el curso “La ciencia del bienestar” en coursera.org/learn/the-science-of-well-being

 

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