A veces, dar solo una mano es todo lo que una persona necesita A veces, dar solo una mano es todo lo que una persona necesita

Mientras ayuda a un hombre destrozado a enfrentar la muerte de su esposa, un trabajador social encuentra inspiración en un antiguo mensaje.

“¡Debe venir de inmediato!”, susurró ansiosa la enfermera en el teléfono. Ya era pasada la medianoche. Una de nuestras pacientes de cuidados paliativos acababa de fallecer en su casa y su esposo estaba amenazando con suicidarse si alguien del servicio funerario aparecía por allí.

“¿Han llamado al servicio funerario?”, pregunté.

“No”, respondió ella. Fue precisamente cuando la enfermera sugirió llamarlos que este hombre perdió el control.

“¿Tiene una pistola u otro tipo de arma?”.

“Estamos en el campo. Hay cabezas de ciervos colgando en las paredes”.

Las cabezas eran una señal reveladora. Probablemente haya muchas armas. “¿Ha amenazado con lastimar a alguien más?”.

“Dice que es capaz de llevarse a uno de los muchachos de la funeraria con él, pero no creo que lo diga en serio”. Aunque no estaba segura. Era la enfermera auxiliar y nunca antes lo había visto ni a él ni a la paciente. Por supuesto que yo tampoco. El trabajador social habitual asignado no trabajaba esa noche, y yo estaba de guardia.

Acordamos no llamar todavía al servicio funerario. Luego me metí en el auto. Mientras manejaba, mi mente voló hacia una noche años atrás. Era un estudiante ya graduado en un bar con amigos y estábamos sumergidos en una conversación intensa sobre, quién lo diría, la muerte.

“¿Sabes qué me ayuda cuando pienso en la muerte?”, preguntó Claude. “Pienso en aquel Salmo sobre el valle de sombra de la muerte”.

Debe estar bromeando, pensé. Claude era profesor y un ateo empedernido. Recitó el Salmo 23:4: “Aunque camine por el valle de sombra de la muerte, no temeré mal alguno: porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado de pastor me infunden aliento”.

Sonó mi celular y me arrastró de regreso al presente. “Está bebiendo”, dijo la enfermera cortante. 

“Bebidas fuertes”.

Le pedí entonces que le alcanzara el teléfono para hablar con él.

Él tomó el teléfono y dijo: “Está exagerando... Solo me estoy desahogando”. Su nombre era Pete; su esposa se llamaba Jimmie. “Todos piensan que estoy loco, ¿o no?”.

“No, creemos que está dolorido. Pero si sigue bebiendo, tendré que llamar a la policía para asegurarnos de que nada malo suceda”.

“De acuerdo, dejaré el whisky”, dijo bruscamente. Hablamos sobre Jimmie y su vida juntos.

“¿Qué cree que le diría Jimmie en este momento si pudiera ver lo que está sucediendo?”, le pregunté.

Comenzó a llorar. “Me diría que cerrara la maldita boca y me dejara ayudar alguna vez en la vida”.

Le devolvió el teléfono a la enfermera. “Este hombre está inmerso en un universo de dolor”, le dije. “Debemos dar respuesta a ese dolor sin dejarnos intimidar por su comportamiento”.

Al cabo de unos minutos me encontré avanzando por una calle de tierra con un cartel que decía: “Prohibido pasar”. Mi mente volvió a Claude en el bar. Hasta ese momento, nuestras conversaciones solo habían patinado sobre la superficie intelectual. Esa noche, había percibido que Claude, un tipo más grande que yo que había sido golpeado por la vida, se estaba mostrando inusitadamente vulnerable. Yo no quería involucrarme, así que bromeé: “¿No eres tú quien siempre ha desestimado todo eso y lo ha llamado simplemente ilusión?”. Él sonrió, algo desorientado. “Me consuela pensar que no estaré solo allí en el valle, que alguien estará conmigo; sea Dios, un amigo, hasta un desconocido”. Luego se puso serio. “Tal vez seas tú quien esté dando una mano allí en el valle algún día”.

Cuando entré a la casa de Pete, lo encontré en la habitación junto al cuerpo de Jimmie, sentado en el borde de la cama acariciando su cabello. Me senté a su lado. Era un hombre corpulento y de aspecto rudo, con la nariz torcida y los antebrazos musculosos y llenos de tatuajes. “La defraudé”, dijo. “Pasé el tiempo trabajando. Nunca le dije que la amaba”.

En lugar de dejar que quedara atrapado en esa narrativa culposa, le pregunté qué era lo que sí había hecho. Habló de pasar largos días en la clínica oncológica, construir una rampa para la silla de ruedas para que Jimmie pudiera salir a oler sus rosales, trabajar turnos extra para pagar sus medicamentos. Con recuerdos como esos, logramos concentrarnos en las distintas formas en que había expresado su amor, no mediante palabras sino a través de gestos de afecto y actos de fidelidad y sacrificio. Conversamos toda la noche. Finalmente Pete me permitió llamar a su amigo Tank, quien llegó justo cuando apareció el personal del servicio funerario.

Pete, Tank y yo conversamos sobre las amenazas de Pete y qué era lo que las impulsaba. Hablé sobre estrategias para manejar esta difícil situación y para optimizar el apoyo. Pero estas recomendaciones de manual quedaron en segundo plano ante el simple imperativo de abrir mi corazón y estar plenamente presente para alguien que atravesaba un profundo dolor. Y eso, he llegado a creer, es a lo que se refería Claude: el poder de acercarse al sufrimiento del otro en lugar de tomar distancia.

Cuando regresaba a casa, ya exhausto, reflexioné sobre las palabras que me había dicho Tank. “Lo ayudaste a pasar la noche, Scott”, dijo. “Mi esposa y yo nos ocuparemos de él a partir de ahora. Lo prometo”.

Sentí tristeza por la pérdida de Pete. Pero sé que estará rodeado de amor. Y en mi imaginación vi a Claude levantando una botella de cerveza y regalándome una de sus sonrisas desorientadas. 


PULSE (12 DE ENERO, 2018), COPYRIGHT © 2018 POR SCOTT JANSSEN. REIMPRESIÓN CORTESÍA DE PULSE—VOICES FROM THE HEART OF MEDICINE, PULSEVOICES.ORG

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