Un grito salvaje Un grito salvaje

Solo e inmovilizado bajo un grizzly, Colin Dowler tomó su navaja y luchó por su vida.

Desde niño, creciendo en la Isla Quadra (aproximadamente dos kilómetros al este de la isla de Vancouver, en la costa oeste de Canadá), Colin Dowler siempre se esforzó por hacer más, ser más rápido y escalar más alto a pesar de su pequeño físico y nacer con una molesta enfermedad de la rodilla. Frecuentemente, Jennifer, su esposa desde hace 16 años, debía pedirle que bajara las revoluciones. Cuando esquiaba, descendía veloz las pistas negras doble diamante. Cuando andaba en bicicleta de montaña, lo hacía en el terreno más irregular. Si algo no lo asustaba, aunque fuera un poco, sentía que lo estaba haciendo mal. En julio de 2019, para celebrar su cumpleaños número 45, se tomó una semana de su empleo como director de mantenimiento en la Autoridad Sanitaria de la Isla de Vancouver, en la ciudad Campbell River, al este de la isla, donde vivía con Jennifer y una de sus hijas. Planeaba pasar dos días solo, explorando una ruta que usaría después para escalar la montaña Doogie Dowler con su hermano mayor, Paul. El pico, que se alza unos 2.000 metros en la Cadena Costera, al suroeste de Columbia Británica, fue llamado así en honor al abuelo fallecido de Colin. Siempre había sido motivo de orgullo familiar que el abuelo Doogie estuviera inmortalizado en la naturaleza, pero ningún Dowler había subido hasta la cima. A Jennifer no le gustaba el plan más reciente de su marido.

Estaba acostumbrada a las aventuras solitarias de Dowler, pero esta vez iría en bote a una bahía no muy conocida, recorrería en bicicleta un camino solitario, cruzaría un hábitat de osos grizzlies y acamparía solo en la noche. Eran demasiadas oportunidades para invitar al desastre. “Si no he vuelto a casa el lunes a las ocho de la noche, puedes empezar a preocuparte”, le dijo. Jennifer rio. Ese era prácticamente el lema de su esposo. La noche previa a su viaje, Colin no empacó mucho. Dejó la tienda de campaña que solía usar para experimentar con un saco de campamento, un refugio individual portátil. Llenó el resto de los bolsillos de su mochila con un GPS portátil, unos bastones de excursionismo, su salchicha casera de venado y algunas otras cosas esenciales. En vez de la navaja Swiss Army que solía usar, se llevó otra, de siete centímetros y medio de acero inoxidable, que le había dado su padre. Jennifer —que estaba planeando su propio viaje de dos días con parte de su familia— y su hija aún dormían cuando Dowler salió de su casa a las 7 am, remolcando su bicicleta y su bote. Ese domingo, 28 de julio, hacía buen clima, Colin había planeado detenerse en un negocio de carnada y comprar un repelente de osos, pero calculando cuánto tiempo le tomaría, decidió pasar de largo, al fin que las probabilidades de ser atacado por un oso eran muy remotas. Pero sabía que no podía eliminarlas del todo. Antes ya había tenido un par de encuentros con grizzlies y otros tantos con osos negros. Aunque siempre había salido ileso. Colin se estacionó en el puerto de Campbell River y salió sin demora en su bote a motor. Más de una hora después llegó al Brazo Ramsay, una ensenada, y encontró dónde amarrar su bote cerca de un campamento de leñadores. Como antes ya había trabajado en la industria de la explotación forestal, Colin conocía bien la costumbre de anunciarse en el comedor. “¿Necesitas algo?” le preguntó Vito Giannandrea, el cocinero del campamento. “Repelente de osos”, respondió Dowler.

Un grito salvaje

Tras encontrar una lata, Vito se ofreció a llevarlo parte del trayecto. Manejaron por el sendero cubierto de maleza que suelen usar los camiones de tala hasta donde la densidad del bosque les impidió continuar. Cuando Colin dejó su bicicleta en un arbusto, donde la recogería al volver, Vito le tomó una foto con su teléfono. “Para tener algo que poner en los carteles de búsqueda por si no regresas”, bromeó. Con el repelente de osos en un bolsillo y la navaja de su padre en el otro, Colin comenzó su caminata. Tras aproximadamente una hora de atravesar terreno escarpado y denso bosque, empezó a marcar su trayecto con moños azules. Hacía mucho ruido para mantener a las criaturas curiosas a raya. Poco antes de que terminara el día, se percató de que la lata de repelente de osos había desaparecido. Debía haberse caído fuera de su bolsillo cuando se detuvo a descansar y revisar su posición. Sin embargo, no quiso arriesgarse a que la noche lo sorprendiera buscándolo. Buscó un lugar donde acampar y eventualmente se decidió por una superficie plana y seca con ramas lo suficientemente bajas donde instalar su bolsa de acampar. Colin colgó su comida y su ropa a lo alto de un árbol cercano y entró al saco a las 9:30 pm, satisfecho con los logros del día. A la mañana siguiente, Colin buscó, sin suerte, el repelente al descender de la montaña. Ya se había dado por vencido cuando se reencontró con su bicicleta y continuó su camino, pedaleando y anticipando su pronto regreso a casa para disfrutar de su familia, y de una cerveza o dos. Al salir de una curva, pasando una señal que indicaba que el campamento de leñadores estaba a siete kilómetros, debió apretar los frenos de su bicicleta: un grizzly desaliñado estaba en medio del angosto camino, 30 metros más adelante. De inmediato, Colin anunció su presencia, “oye oso”, exclamó. Calculó qué probabilidades tenía de huir si se daba media vuelta para escapar, pero el oso podría derribarlo fácilmente antes de que ganara velocidad.

El animal alternaba entre mirarlo a él y a la maleza una y otra vez, y entonces comenzó a acercarse. Colin se descolgó la mochila de los hombros, sacó un bastón de excursionismo y lo extendió frente a él. Cuando el oso estuvo más cerca, pudo ver mejor sus rasgos. Tenía aproximadamente cinco años, medía metro y medio de largo y pesaba 160 kilos, casi el triple que Colin. Aunque no se mostraba agresivo, era muy curioso. El oso caminaba por el otro lado del camino, acercándose más y más, hasta que el espacio entre ellos se redujo a menos de diez metros. Con cuidado, Colin bajó de su bicicleta y el animal pareció agitarse. Todo el cuerpo del oso se estremeció y siguió acercándose. Colin se escudó detrás de su bicicleta mientras esperaba que el oso pasara de largo. Pero este, de pronto, se detuvo, se volvió y lo miró fijamente. Con calma, Colin levantó el bastón para empujar la gran frente del oso, colocándoselo justo entre los ojos. No se movió hasta que la punta de hule se deslizó y cayó de su hocico. Antes de que Colin pudiera intentarlo de nuevo, el oso mordió el bastón. “Oh, vamos, no tiene por qué haber problemas”, dijo, tratando con cuidado de no reaccionar agresivamente. “Soy tu amigo”. Dejó caer el bastón y lanzó su mochila junto al oso, esperando que el aroma de la salchicha lo distrajera. Tras un solo olfateo, el oso se volvió con una garra al aire y soltó un leve golpe que Colin pudo bloquear con su bicicleta. Lo siguió un segundo, con mayor fuerza, y otro, y otro, cada uno más fuerte que el anterior. Cuando el oso alzó su garra amenazante otra vez, Colin le tiró la bicicleta, pero la criatura apenas y se tambaleó. Entonces se abalanzó hacia él y con una veloz mordida atrapó el costado de Colin en su hocico, hundiendo sus colmillos en su abdomen y su espalda. Luego lo levantó y lo llevó al borde del camino. Colin no sentía dolor, sino calor. Tampoco se resistió; pensó que, si llegaban a adentrarse en el bosque, estaría demasiado incapacitado para regresar al camino y moriría antes de que lo encontraran. El grizzly lo dejó junto a la zanja y alzó cabeza para darle otra mordida, hundiendo de nuevo sus colmillos en el abdomen y la espalda de Colin. No rugía ni gruñía, solo resoplaba y masticaba. Colin intentó cegarlo —agarró el pelaje del rostro del oso y hundió sus dedos tanto como pudo en su ojo izquierdo. Agitado, el oso lo giró 180 grados. Volvió a ponerlo sobre el suelo, se alzó sobre sus patas traseras y descendió para empezar a roer la pierna izquierda de Colin. Una y otra vez, el oso alzaba la cabeza y después volvía a atrapar su pierna. La idea de dejar a su familia, de perderse el resto de la vida de sus hijas, apareció en la mente de Colin. Se lamentó de haberse puesto a sí mismo en una situación tan riesgosa. Cuando trató de abrir la quijada del animal a la fuerza, sus colmillos amarillos escurrieron saliva. Le atravesó la mano de una mordida. “¡Detente!”, gritó Colin. “¿Por qué lo haces? ¡Detente!” No tenía sentido. Sabía que los ataques de los grizzlies solían ser breves, luego dejaban a los humanos en paz. ¿Cuándo terminaría este? El oso probó su otra pierna. Cuando escuchó a sus colmillos rechinar contra su fémur, Colin recordó la navaja en su bolsillo. Pero al estirarse para sacarla, el grizzly mordió un nervio, haciendo que se arqueara, aullando de dolor. Bueno, pensó. Me haré el muerto. Pero el oso mordió otro nervio de su pierna y Colin gritó aún más fuerte. No puedo hacerme el muerto si estoy gritando. Debo alcanzar mi navaja. Cuando el oso se recostó sobre él para seguir masticando su pierna, posó todo el peso de su pecho sobre el estómago de Colin y atrapó sus dos brazos bajo su costado izquierdo, al lado contrario de donde se encontraba la navaja. Con todas sus fuerzas, Colin logró serpentear su brazo izquierdo por entre sus cuerpos y alcanzó su bolsillo. Sacó la navaja y extendió la hoja, cortando, sin percatarse, el pecho del oso cuando tiró de su brazo para liberarlo. Colin apuñaló el cuello del oso tan rápido y tan fuerte como pudo. La sangre comenzó a brotar de la herida. Incluso el grizzly parecía sorprendido. “Ahora tu también estás sangrando, oso”, le dijo. El oso se levantó y se alejó a paso lento, chorreando sangre sobre el camino. Cuando desapareció en el bosque, Colin revisó el daño que había sufrido su cuerpo. Sus costados y sus piernas estaban cubiertos de perforaciones. La sangre que le brotaba de la arteria femoral de su pierna izquierda había teñido toda la parte inferior de su cuerpo. Debía detener el sangrado. Cortó su manga izquierda con su cuchillo y la ató alrededor de su pierna del mismo lado. Tras anudarla, se desplomó sobre su espalda y se dirigió dolorosamente a su bicicleta. Subió con dificultad y se concentró en poner los pies sobre los pedales. Colapsó después al primer intento. Subió de nuevo y, pedaleando con la pierna derecha, avanzó por el camino de los camiones de tala, apretando el cuchillo con su mano derecha. Sentía que el asiento se calentaba con la sangre que fluía de las heridas de su espalda. Mientras se concentraba en respirar sentía que sus probabilidades de supervivencia aumentaban. Perseveró por 30 minutos, hasta que el camino descendía hacia el campamento de tala. Rebotó sobre los topes hasta el comedor donde calló de la bicicleta, sobre su costado. Colin se lanzó sobre el descanso, con las piernas colgándole sobre las escaleras. “¡Auxilio! Llamen a un helicóptero. Un grizzly me atacó”, gritó a través de la puerta mosquitera. Cinco hombres, entre los que estaba Vito, encontraron a Colin cubierto de tierra y sangre, con un aroma animal.

Un grito salvaje

El personal del campamento le aplicó los primeros auxilios y mantuvo a Colin hablando por 40 minutos hasta que llegó el helicóptero paramédico. Colin estuvo seis horas y media en cirugía. Los doctores le hicieron una incisión de 20 centímetros y medio para reparar la herida a la arteria de su pierna izquierda y le trataron más de 50 cortaduras y mordidas. Al final, recibió cerca de 200 grapas y puntadas. “Y ahora siempre llevo gas pimienta cuando voy al bosque”, confiesa. A finales de agosto de 2019, Colin fue trasladado a su hospital local y pronto comenzó a trabajar en su rehabilitación. La herida de su arteria femoral, y algunas otras, habían sido serias, pero la que más perduró fue la de los nervios de su pierna izquierda. El especialista que fue a ver le dijo que el oso había cortado por completo un nervio grande de un músculo cuadriceps. Era imposible saber si podría caminar con normalidad de nuevo. “¿Hay algo que pueda hacer?”, preguntó Colin con un terco optimismo. Le dijeron que era posible que el nervio se regenerara, siempre y cuando siguiera las instrucciones de su fisioterapeuta. Así que Colin se esforzó mucho. Cuando regresó con el especialista en enero de 2020, el nervio comenzaba a funcionar otra vez. Tanto así que, a principios de febrero, Colin pudo correr 200 metros sobre una caminadora.

Después no hubo manera de detenerlo. Caminadora, escaladora, usaba cualquier cosa que lo ayudara a recuperar la fuerza. Funcionó: Colin está trotando y andando en bicicleta de montaña otra vez en los senderos cerca de su casa, y a finales de julio de este año, pudo ir a acampar con su esposa, llevando una mochila a cuestas. El ataque tuvo un efecto emocional. “Al principio lloraba casi a diario”, cuenta Colin. “No por autocompasión; los recuerdos del ataque y de mi recuperación me consumían totalmente. Pero también lloré lágrimas de alegría por cómo las personas se unieron para ayudarme; por la suerte que he tenido”.


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