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Un paseo a escalar se convierte en una semana de supervivencia en la montaña, rodeado de nieve, en soledad y gravemente herido.  

A 4.100 metros de altura, la vista desde la cima del monte Goddard, en la sierra Nevada de California, Estados Unidos, era asombrosa: un espectacular paisaje de picos escarpados, laderas de granito y lagos de aguas azul cobalto que se extendía hasta el horizonte bajo un cielo sin nubes. Si bien había cúmulos de nieve que salpicaban de blanco el panorama, Gregg Hein sentía el calor del sol sobre la piel. Este espigado hombre, de 33 años, inspiró con la esperanza de que el aire puro de la sierra limpiara su cerebro de la mugre de la civilización. 

Era el sábado 5 de julio de 2014, y la gente en las ciudades seguía celebrando el Día de la Independencia con parrilladas en sus casas y chapuzones en los parques acuáticos. Gregg lo festejaba haciendo lo que más le gustaba: escalar montañas solo. 

Hacía estas travesías desde que era pequeño. Corría delante de sus padres y su hermana menor en las excursiones familiares, y remontaba toda cumbre que encontraba. En su adolescencia en Clovis, ciudad del centro de California, explorar la cercana sierra Nevada se volvió una obsesión. Como pocos de sus amigos igualaban su ritmo y resistencia, por lo común iba solo, y en sus años de universidad las caminatas a veces duraban una semana o más. Cuando se sentía triste, frustrado o sin certeza sobre el futuro, un largo recorrido por la sierra disipaba sus agobios. 

A mitad del último grado dejó la escuela para seguir su pasión por la vida al aire libre. Trabajó como bombero forestal, guía de rafting y espeleólogo, y vivió en Oregon, Alaska, Vermont y Utah. Siguió a una chica hasta Nueva Zelanda, pero al final lamentó no haber terminado la carrera y, a comienzos de 2014, reanudó los estudios en la Universidad Estatal Humboldt, en Arcata, California. Ese día de julio estaba celebrando también la obtención del título de Licenciado en Ciencias Ambientales. 

Para festejarlo, había partido de la casa de sus padres en la mañana del jueves y manejado tres horas hasta el punto de partida de un sendero del Bosque Nacional Sierra. Había planeado una excursión de cinco días de ida y vuelta desde el lago Florence hasta el monte Goddard, unos 32 kilómetros cada tramo. Cerca del mediodía del sábado firmó el libro de visitantes, y con placer vio que era apenas el tercer escalador que iba allí en el año. Tras sacar algunas fotos, se puso a andar hacia el lado norte del monte. El empinado terreno estaba cubierto de pedruscos; Gregg avanzaba despacio para evitar un desprendimiento de rocas. Para equilibrarse, se asió con la mano derecha de la ladera, y una piedra del tamaño de un puño quedó entre sus dedos. 

Luego, una roca de un metro de largo se desprendió también de la ladera y, antes de que Gregg pudiera saltar a un lado, lo golpeó en la pantorrilla derecha, le fracturó la tibia y el peroné y lo arrojó de espaldas al suelo. Gregg se deslizó sobre su mochila hacia un cúmulo de nieve y golpeó un reborde con el talón derecho. Al mirar hacia abajo vio astillas de hueso asomando por debajo de la rodilla. Iba cayendo hacia un montículo de piedras sueltas, dejando un rastro de sangre, pero hundió la mano y el talón izquierdos en la nieve y logró detenerse justo a tiempo. 

Se arrastró hasta el montículo de piedras. Empezó a sentir dolor en la pierna, pero trató de no pensar en él para poder evaluar la situación. Estaba muy malherido para tratar de descender a pie, y no había señal de telefonía celular en esa zona aislada. Les había dicho a sus padres que volvería a casa el lunes, así que ellos esperarían al menos hasta el martes para dar aviso de su desaparición. Era muy poco probable que alguien lo encontrara antes. Tendría que sobrevivir por sus propios medios. 

Lo primero que debía hacer era abrigarse bien; así evitaría la hipotermia cuando el frío arreciara o si se desmayaba. Reemplazó los pantaloncitos que llevaba puestos por unos pantalones térmicos largos, y se puso tres camisetas de manga larga y una camisa gruesa. Luego se quitó el zapato derecho para reducir la presión sobre la pierna rota. 

Estaba sangrando copiosamente, pero sabía que si se ponía un torniquete, podría perder la pierna. Decidió esperar hasta que no tuviera otro remedio; mientras tanto, se concentró en estabilizar la fractura. Con una navaja rasgó el pantalón del lado derecho, cortó una tira ancha de la colchoneta y se envolvió la pantorrilla con ella. Luego tomó sus bastones plegadizos, los separó en piezas y usó dos de ellas como férulas, atándolas a la tira de colchoneta con su cinturón de cuero y unas correas de nailon. 

Más abajo, en la ladera, muy cerca de otro cúmulo de nieve, había una franja rocosa ancha y plana donde podría tenderse con comodidad. Se puso la mochila al hombro e intentó arrastrarse sentado en el suelo, pero el peso de su cuerpo y los bultos no le permitieron maniobrar.

Le quedaban agua y comida para dos días, pero pensó que podría sobrevivir sin provisiones. Le importaban más las cosas que lo mantuvieran cómodo y seco, que sirvieran para alertar a los socorristas o que pudiera usar como herramientas. Se metió los guantes y dos gorros de lana debajo del pantalón, y se colgó al cuello la linterna de diadema. Una correa de la mochila tenía cosido un silbato; lo cortó y lo ató a un ojal de su camisa. Se guardó la navaja y un poco de cordel en el bolsillo, metió su sobretodo en la funda de la bolsa de dormir y se colocó el bulto sobre los hombros. Dejó la mochila y empezó a caminar de costado, como un cangrejo. 

El esfuerzo lo dejó mareado y dolorido, pero esta vez alcanzó el cúmulo de nieve. Avanzó unos 30 metros más y se detuvo frente a la franja rocosa. Tardó 10 minutos en trepar a la parte más alta de la formación, donde encontró una zona plana junto a una roca grande. Luego de quitar algunas piedras a fin de hacer un hueco para la pierna rota, se sentó allí. 

Escudriñó el terreno montaña abajo sin ver señal alguna de presencia humana, pero aun así hizo sonar el silbato y gritó: “¡Auxilio!” Su voz reverberó en las laderas que lo rodeaban como un coro burlón. 

Gregg gritó e hizo sonar el silbato a intervalos durante el resto del día, luego, se metió en la bolsa de dormir cuando empezó a oscurecer. Movía el pie derecho para mantener la circulación, y estaba atento al menor mareo que pudiera indicar pérdida excesiva de sangre. A pesar de que estaba alerta, cabeceó más de una vez. 

Al caer la noche recordó a sus seres queridos: sus padres, Doug y Randy, su hermana Kristen y su nueva novia, Katrina, y se preguntó si volvería a verlos. Kristen iba a cumplir años el miércoles siguiente, y Gregg esperaba que su muerte no coincidiera con esa fecha. Lo invadió el desasosiego, pero trató de concentrarse en la forma de sobrevivir. 

Esa noche la temperatura descendió a 4 °C. Gregg durmió de a ratos; se despertaba tiritando de frío o por alguna piedra que se le encajaba en la pierna. La mañana del domingo vio con alivio que la hemorragia ya casi había cesado. Volvió a gritar y a dar silbatazos; durante las pausas amontonó piedras a su alrededor para protegerse del viento. 

Hacia el mediodía empezó a percibir un olor fétido que emanaba de la pantorrilla entablillada. Los bordes de la herida estaban pálidos y supuraban. Una infección podría desembocar en gangrena, lo que amenazaría la pierna y también su vida. Caminó de costado hasta un pequeño montón de nieve a pocos metros de su refugio, pero cada paso lo hacía sacudirse de dolor. Limpió con nieve la mugre y el tejido muerto de la pierna, y enseguida se puso más nieve sobre la herida para que al derretirse arrastrara la suciedad restante. 

De vuelta en el refugio, vio nubes de tormenta surcar el cielo de este a oeste, las cuales dejaban caer sobre el valle una lluvia que se evaporaba antes de llegar al suelo. De repente oyó a lo lejos una exclamación de alegría procedente del oeste. Sintiendo una descarga de adrenalina, pidió auxilio a gritos e hizo sonar con fuerza el silbato. Al cabo de 20 minutos, sin embargo, se dio cuenta de que el presunto excursionista probablemente estaba a kilómetros de distancia, y que el viento que había llevado ese sonido hasta sus oídos no soplaba en sentido opuesto. También se percató de que tenía una sed terrible. Gregg se arrastró hasta el montón de nieve, sorbió un puñado de hielo, regresó a la franja rocosa y se metió en la bolsa de dormir. Poco después de que el cielo se oscureció, volvió a caer en un sueño intermitente.

La mañana del lunes despertó muy sediento y dolorido. De repente, oyó otra voz lejana. Haciendo un esfuerzo por escuchar, le pareció que alguien gritaba: “¿Dónde estás?” Se incorporó, hizo sonar el silbato y gritó: “¡Auxilio! ¡Me rompí una pierna! ¡Estoy aquí!” La voz repitió la pregunta; Gregg volvió a responder, y el ciclo continuó. Al final se dio cuenta de que lo que supuso que era un socorrista en realidad era un ave silvestre que lanzaba graznidos. 

Reprimió su frustración para revisarse la herida. De nuevo rezumaba pus; tendría que limpiarla más a menudo, pero no quería ni pensar en volver a arrastrarse una y otra vez sobre las rocas. Cuando alcanzó el montón de nieve, llenó la capucha del sobretodo y la puso a la sombra en el refugio. Pensó que así podría limpiarse la pierna cuando quisiera y beber agua derretida para aplacar la sed. 

Esa noche, mientras el cielo se cubría de nubes negras, Gregg descubrió otro uso del sobretodo. Lo extendió a lo largo del refugio y sujetó los extremos con piedras. Debajo de él, se acurrucó en la bolsa de dormir y pudo pasar la noche sin que la lluvia lo mojara. 

Para entonces, Doug Hein estaba enojado con su hijo; lo esperaba desde hacía horas, y Gregg ni siquiera se había molestado en llamar. El martes por la tarde, cuando Doug volvió del trabajo y encontró la casa aún vacía, empezó a preocuparse. Pero seguía pensando que su hijo no tardaría en llegar. “A Gregg le gustaba alargar sus salidas algunas veces”, cuenta este vendedor de productos agrícolas, de 64 años. También creía erróneamente que a ninguna persona se la busca si no lleva al menos dos días desaparecida, así que descartó la idea de avisar a alguien, ni siquiera a su esposa, Randy, directora de una escuela secundaria que se encontraba en una conferencia en Las Vegas, Nevada; no quería asustarla en vano. 

La noche del martes Gregg apenas pudo dormir; tiritaba sin cesar y ya no podía mover el pie derecho. Al amanecer recuperó un poco de movimiento, pero el daño en la pierna era evidente. También se sentía cada vez más deshidratado, a pesar de los sorbos de agua que tomaba de la capucha del sobretodo. Decidió que era hora de irse de allí.

Había un pequeño lago a 2,5 kilómetros ladera abajo; las noches serían menos frías a esa altitud, pensó Gregg, y habría mucha agua para beber. Para que la pierna herida no le impidiera avanzar, se colocó la bolsa de dormir a modo de cabestrillo en la rodilla, e inmovilizó el pie con soga y correas; luego emprendió el descenso, avanzando de costado y apoyándose en las tres extremidades ilesas. 

Más o menos a la hora en que Gregg comenzó a bajar, su padre llamó a la oficina del alguacil del condado de Fresno. Por la tarde, decenas de socorristas voluntarios rastreaban la zona entre el lago Florence y el monte Goddard, junto con guardabosques del Servicio de Parques Nacionales y varios helicópteros. Sin embargo, encontrar a un excursionista solitario en una zona de miles de kilómetros cuadrados no es nada fácil. 

El avance de Gregg hacia el lago era muy lento. En el camino atrapó y comió media docena de polillas, tres chinches de agua, dos grillos y algunas hormigas: su primer alimento en cinco días. Unas cuatro horas después de haber iniciado el descenso, por fin llegó a la orilla del lago. Tras beber de un arroyo que desembocaba allí, deseando que el agua no contuviera parásitos intestinales, improvisó un nuevo refugio con puñados de hierba y flores silvestres, y se acurrucó dentro de la bolsa de dormir. 

La noche del miércoles, Doug finalmente llamó a Randy, quien intentó en vano conseguir un vuelo de vuelta; a las 2 de la madrugada subió a un auto alquilado, se dirigió a toda velocidad a casa y llegó allí en seis horas. Mientras tanto, en el lago, por primera vez desde el comienzo de su drama, Gregg se permitió divagar. Se puso a pensar en lo poco que había logrado en la vida —no tenía esposa, hijos, ni una carrera hecha—, y no tardó en sumirse en un sueño en el que un hombre y una mujer vivían solos en una cueva. Cuando amaneció, tenía la pierna helada y más tiesa que nunca. 

Poco después de que se desentumeció, oyó un ruido inesperado. Alzó la mirada y vio un helicóptero a lo lejos. Con la pierna punzando de dolor pero lleno de esperanza, se encaramó sobre una roca y agitó en alto su bolsa de dormir amarilla. Pero la aeronave se perdió de vista. Al transcurrir las horas y ver que el helicóptero pasaba cuatro veces más por allí sin detenerse, se resignó a permanecer otra noche en la montaña. 

Horas después, en la tarde, Doug y Randy se dirigieron en auto al centro de operaciones de búsqueda y rescate de la oficina del alguacil, un remolque estacionado en medio de un bosque cerca del lago Florence. Llegaron allí alrededor de las 6:30, y un sargento de policía les mostró mapas de las zonas donde tenían planeado buscar a Gregg al día siguiente. Al cabo de unos minutos, otro helicóptero, procedente de Yosemite, sobrevoló el lugar donde se encontraba Gregg, quien volvió a agitar en alto la bolsa de dormir y arrojó algunas piedras para asegurarse de que lo vieran. Esta vez, el piloto notó su presencia, y le hizo una seña con la cabeza. 

La aeronave se posó a la orilla del lago. Gregg hizo un gran esfuerzo para no llorar mientras tres corpulentos hombres del equipo de rescate lo subían a la cabina. En el centro de operaciones, a 32 kilómetros de distancia, sonó el teléfono celular del sargento, quien miró a Doug y a Randy y sonrió. Al caer la noche, Gregg se encontraba en una cama de hospital en Fresno, rodeado ya por su familia. 

A lo largo de los meses siguientes Gregg tuvo que someterse a múltiples operaciones, pero salvó la pierna. Recibió mensajes y visitas de personas que ya no recordaba y de absolutos desconocidos. Empezó a cuestionar las ideas de independencia que tenía y a cultivar unas nuevas diametralmente opuestas. “Muchísimas personas salieron a buscarme”, dice Gregg, quien recientemente se inscribió en una universidad para estudiar un posgrado en derecho ambiental. “Las muestras de apoyo que recibí fueron abrumadoras. Nunca antes me había sentido tan conectado. Era lo que necesitaba para sentirme finalmente en casa”. 

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