Imagen Imagen

Mientras dormían, no imaginaban que sus vidas estaban en peligro, acechadas por un asesino silencioso. Mirá la historia de esta familia que sobrevivi&o...

En cuanto se despertó, Ildikó Tóth supo que algo pasaba. Como excepción, había dejado que el pequeño de sus dos hijos, Levente, de 9 años, durmiera en la cama que compartía con su marido, Gábor. Levente estaba allí, fuertemente abrazado a su cuello. Pero, ¿dónde estaba Gábor?

Lo había dejado viendo la televisión. Sin embargo, no se oía ningún ruido procedente del living comedor. Ildikó encontró a Gábor en el sofá, quejándose de que le dolía la cabeza. Como enfermera que es, Ildikó fue a buscar una aspirina que dejó sobre la mesita de luz mientras él se desvestía. Después fue al baño. Eran alrededor de las cuatro de la mañana.

“Cuando volví, empecé a sentirme ingrávida”, recuerda. “No sé lo que es estar borracha, pero debe ser algo así. Entonces, cuando me tiré en la cama, tuve una sensación rara en los oídos. Como si estuvieran agitando arena. No era desagradable: como cuando estás en la playa y sopla el viento. “Pero enseguida noté que tenía la boca dormida”. Le pedí a mi marido que abriera la ventana para que entrara algo de aire fresco. Lo hizo. Y entonces Levente se despertó, gritó que le dolía el estómago y volvió a caer sobre la almohada”.

“El corazón me latía a mil por hora. Me sentía débil. Le pedí a Gábor que fuera a la habitación de los niños y que abriera también la ventana. Pero entonces Levente volvió a gritar y me di cuenta de que pasaba algo grave. Sabía que debíamos abrir todas las puertas y ventanas. Pero había una banda de ladrones que estaba robando en las casas de la zona. Habían circulado historias de que irrumpían en las casas, incluso con la gente dentro durmiendo”.

Eso se iba a convertir en el menor de los problemas de Ildikó. Porque ella y su familia no estaban a punto de enfrentarse a un ladrón que merodeaba fuera de su casa en una helada noche del enero europeo sino con un asesino que acechaba dentro.

 

Los Tóths viven en el norte de Hungría, en un pueblo llamado  Karancsalja, cerca de las montañas que hacen frontera con Eslovaquia. Gábor e Ildikó dirigen juntos una empresa de servicios de asistencia sanitaria. En invierno, la temperatura en Karancsalja puede llegar hasta 20ºC bajo cero. Era fin de semana y ese mismo día la familia había decidido disfrutar de la nieve. Salieron con su gran trineo de hierro y se subieron a lo alto de la colina que hay detrás de su casa.

Gábor había heredado la casa de su padre y hacía siete años que la habían reformado completamente. Pusieron un nuevo calentador de agua de gas en el cuarto de invitados de la planta baja. Para asegurarse de que la casa permaneciera caliente en las gélidas noches de invierno, sustituyeron todas las puertas y ventanas y colocaron una capa aislante bajo el tejado. Entre el escritorio y el living comedor del piso superior instalaron una inmensa estufa chapada con azulejos de cerámica verde que recuerda a la torre de uno de los castillos medievales que hay en esa zona de Hungría.

Después de la cena, la familia jugó con los regalos de Navidad de los chicos, incluido un Lego. Pero discutieron cuando Ildikó anunció que era hora de irse a la cama.

“Me da igual”, dijo mientras daba un zapatazo. “Hagan lo que quieran”. Levente le tomó la palabra. Aunque tenía su cama, lo que quería hacer esa noche era dormir con sus padres otra vez. Ildikó cedió. “Hacía frío y después de tanto ejercicio con el trineo estaba cansada. Me fui a dormir casi inmediatamente”, dice.

 

Gábor se quedó dormido en el sofá cuando su hijo mayor, Bence, de 15 años se fue a la cama. Se despertó poco después de media noche con un dolor de cabeza que no se le iba, aunque se durmió y levantó varias veces, hasta que lo despertó su mujer. 


“Cuando Ildikó me pidió que abriera la ventana del cuarto de los niños, fui caminando a oscuras y me tropecé con la caja de Lego,” afirma. “De repente me vi de rodillas. Me di cuenta de que no me podía levantar. Mi corazón latía demasiado rápido. Tenía la cabeza despejada, pero estaba asustado.”

“Ayudame. No puedo levantarme”, dijo Gábor a su somnoliento y perplejo hijo. “Abrí la ventana”. Con la ayuda de Bence, Gábor fue medio a gatas hasta el final de la habitación. “Afortunadamente, la ventana está a una altura baja y pude estirarme lo suficiente para respirar bocanadas de aire fresco. En solo un minuto o dos me sentí mejor.”

Bence pensó que su padre debía haber estado bebiendo pálinka, la bebida nacional de Hungría hecha sobre la base de licor de ciruelas. Gábor se giró lentamente y se dirigió a la entrada del dormitorio. Lo que vio lo detuvo en seco: “Ildikó yacía en el suelo de la cocina”.

Ildikó había decidido abrir las puertas de la casa, hubiera ladrones o no. “No sé cómo, me puse la bata y abrí la puerta principal. Debería haberme parado a respirar aire fresco, pero quería ir hasta la puerta trasera para abrirla cuanto antes y crear corriente”. Esa puerta tiene persiana. “Tiré de ella y de repente noté que estaba alucinando”, afirma Ildikó. “No podía encontrar el picaporte. No estaba donde debería estar. Empecé a buscarlo palpando la pared y por fin logré abrir la puerta”.

Y entonces se desmayó.

 

Estaban intoxicados con monóxido de carbono (CO). Entre 1980 y 2008, este gas inodoro e incoloro mató a más de 140.000 personas en Europa: todos los años mata a más personas que el sida o el cáncer de piel, según un informe de la OMS 2012 sobre los índices de mortalidad del monóxido de carbono.

Más de la mitad de las muertes por envenenamiento de CO son accidentales, y el 60% de las muertes relacionadas con el CO se produce en las casas. Y como es difícil de diferenciar el envenenamiento de CO de otras causas mortales, se sospecha que las estadísticas oficiales no representan el número real.

Cuando Ildikó volvió en sí, Gábor y Bence estaban de pie a su lado, llamándola. Durante los 10 o 15 minutos siguientes, permaneció tirada en el suelo, incapaz de moverse semiinconsciente, mientras su marido y su hijo mayor esperaban a que entrara el aire fresco por la casa para que le produjera el mismo efecto que a Gábor. Para Ildikó era una auténtica tortura. “Estaba agotada y simplemente quería dormir. Pero sabía que tenía que volver al dormitorio porque mi hijo yacía inconsciente allí”, afirma, llorando al recordarlo. “Lo único que deseaba era ayudar a mi hijo”.

“Ella no paraba de decir ‘Levente’, ‘Levente’”, dice Gábor. “Así que fui al dormitorio y él parecía estar bien”. Gábor, poco expresivo y que piensa cada palabra cuando habla, tenía otras cosas en la cabeza. Como sospechaba que el escape podía tener relación con el calentador del piso de abajo, envió a Bence a que lo apagara. Con solo echar un vistazo a la habitación de invitados, el chico supo que su padre tenía razón.

“Era como si hubiera niebla”, dice Bence. “Respiré hondo antes de entrar, apagué el calentador y no volví a respirar hasta que salí por una puerta que da directamente al jardín”. Bence contó a su padre lo que había visto y lo que había hecho. Gábor ayudó a su mujer a llegar a la cama y pensó “’ahora el aire está limpio, el problema está solucionado’”. Pero el peligro aún no había pasado. “En la cama, noté que se me aceleraba el ritmo cardíaco y que me costaba respirar. Le pregunté a Ildikó y tenía los mismos síntomas”.

Gábor salió de la cama y llamó por teléfono a su madre, que vive en otra casa a menos de 500 metros de distancia. “Le pedí que abriera la puerta para que pudiéramos entrar”. Gábor estaba pensando en tomar en brazos a su hijo pequeño, que parecía estar durmiendo profundamente. Pero, tal y como su madre había sospechado, Levente yacía inconsciente. Su primer recuerdo después de haber caído en la cama desmayado fue “ir en brazos de mi padre con sensación de mareo y náuseas”.

La puerta principal de la casa se abre a un pequeño y alicatado descanso en lo alto de una escalera de 14 empinados escalones por los que se baja hasta el nivel del suelo. Gábor puso a su hijo de pie en el descanso. “Levente parecía estar bien. Estaba de pie y se podía mantener así agarrándose de la baranda. Pero en cuanto lo dejé en el suelo, perdí la conciencia y me caí de frente sobre los azulejos de piedra”. Cuando volvió en sí momentos después, Gábor se enfrentó a un terrible dilema. ¿Debía dejar a su hijo, que podía desmayarse y caerse por las escaleras? ¿O abandonar a su mujer a la que había dejado atrás entre los humos que amenazaban con matarlos a todos?

“Pude oír a Gábor hablar con voz desesperada a Levente”, dice Ildikó. “Me di cuenta de que pasaba algo más”.

Impulsada por su tremenda fuerza de voluntad, Ildikó consiguió ponerse en pie y tambalearse hasta salir de la casa. La pareja bajó cautelosamente las escaleras con sus hijos y llegaron hasta la casa de la madre de Gábor. Sin saber cómo, Ildikó se las arregló para mantener la consciencia. “Sabía que quizá tendría que emplear técnicas de resucitación a Levente. Pero una vez que vi que estaba bien, me abandonaron las fuerzas y volví a desmayarme. Gábor y su madre me llevaron hasta la cama en su casa. Tenía un intenso dolor de cabeza y estaba mareada. Lo último que recuerdo es que se estaba haciendo de día”.

 

Durante casi un año Ildikó tuvo problemas de coordinación. “Por ejemplo, no podía servir el té,” dice. “Y en el trabajo no me sentía firme a la hora de realizar extracciones de sangre porque no estaba segura de pincharles en vena”.

Levente padeció durante mucho tiempo pérdida de memoria reciente. Sus profesores informaron de que era incapaz de recordar cosas que acababa de decir poco antes.

La familia llamó a un experto que dijo que la casa tenía un aislamiento excesivo y que siempre debían mantener una ventana abierta. Se deshicieron del calentador de agua y desmantelaron la larga chimenea de metal que se suponía debía evacuar los humos por el tejado. Sigue en la parte trasera, en el suelo apoyada contra la pared.

Ildikó continúa torturándose por los sentimientos irracionales que tuvo cuando cayó en un estupor alucinatorio en el suelo de la cocina, incapaz de ayudar a su hijo.

¿Y Gábor? Él únicamente se hace una pregunta escalofriante: “¿Qué habría pasado si me hubiera quedado dormido en el sofá?” 

Elegí tu puntuación
Dejá tu comentario
Imagen jose luis
jose luis

hay que vivirlo

Imagen Valeria
Valeria

Cuando leí el título en la revista pensé que se trataba de un asalto pero era totalmente otra situación. Creo que es muy importante hacer incapié en éste tema de los gases tóxicos que emanan ciertos artefactos para educar y así evitar más muertes, aunque ésta familia corrió con muchas suerte.

Imagen Dennis
Dennis

Muy bueno

Notas Relacionadas