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Pese a su experiencia, esta vez la montaña le iba a jugar una mala pasada. 


Bll McDonnell estaba desesperado. Aunque la temporada de caza de venados había comenzado, hacía más frío de lo normal. Así que ahí estaba él: sentado entre cabezas de ciervos empotradas en la pared de su casa en Winchester, Virginia, Estados Unidos, contemplando el invierno a través de la ventana.

Hasta antes de cumplir 90, a Bill no le había importado cazar con temperaturas bajo cero; no obstante, con el paso de los años sus movimientos se habían ralentizado. Las montañas nevadas del valle de Shenandoah ya no eran lugar para un hombre de 92 años. Él lo sabía, pero, bueno, cómo ansiaba salir.

Entonces, el 15 de diciembre, el pronóstico del tiempo mejoró y, antes de que Bill anunciara sus intenciones, Joanna McDonnell, su esposa, ya sabía lo que él tramaba. Cuando esto ocurría, era siempre la misma canción:

—No irás —decía Joanna.

—Sí iré —contestaba Bill.

—Pero no llevarás tu arma ni abandonarás el sendero —intentaba negociar ella.

—Voy de cacería —decía él.

—Bueno, ve con un amigo.

—Ya se murieron todos.

—Ve con Bill Jr. (Imposible ese día porque Bill McDonnell Jr. asistiría a ver un partido de fútbol americano.)

—¡Pero qué viejo terco! —maldecía ella.

—Tienes toda la razón.

Sin embargo, ese día en particular, Joanna ni siquiera trató de hacer que su esposo entrara en razón. Bill peleó en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea. Fue marinero y, después, soldado. Si bien el “chico pueblerino de pies a cabeza” cumplía los deseos de su mujer en la mayoría de los asuntos, todo cambiaba tratándose del llamado de la naturaleza. Había un lugar al que no había ido a cazar desde hacía mucho y quería salir una vez más antes de que fuera demasiado viejo.

A la mañana siguiente, Bill despertó a las 4:00, tomó su rifle y manejó su Jeep rumbo a las montaña de Shenandoah. Al final del antiguo camino forestal Laurel Run, dejó su vehículo y continuó a pie.

Se hacían las 7:30 y la temperatura era de –4 grados Celsius cuando el Sol se asomó entre los árboles. Bill tenía instrucciones estrictas de Joanna de salir del bosque a las 14:00 y de estar en casa a las 15:00, mucho antes del atardecer, por si se le iba el tiempo, lo cual le pasaba muy a menudo.

Poco después de emprender la caminata, se topó con un sendero que no recordaba. Quizá se trataba de un atajo secreto que lo llevaría al rey de los ciervos; así que lo siguió.

Mientras la temperatura llegaba a 1 grado, Bill dio la vuelta y tomó el sendero en busca de huellas y raspaduras en los troncos, signos de que un ciervo podría estar en la siguiente cresta. No lo mataría, solo quería tener al trofeo en la mira.

Entonces, a eso de las 11:00, llegó a un claro junto a una cordillera. Había caminado más de lo que pensaba.

“¿Qué diablos?”, murmuró.

Al parecer, en su trayecto de ascenso se había desviado bastante. Es probable que hubiera un camino más corto para regresar al Jeep, al menos en línea recta.

Comenzó a pensar en tomar atajos y recordó un pequeño contratiempo que tuvo en Hawaii. Joanna y él estaban en unas vacaciones para celebrar su cumpleaños 80 y necesitaban una mochila adicional, así que caminó hacia la tienda más cercana. Se dio cuenta de que podía regresar más rápido al hotel si bajaba por un muro de contención a gatas. Pero tropezó, y se rompió la mano y la muñeca. Ahora unas grapas unían el miembro; por suerte aún podía usarlo. 

No obstante, ese día, al observar aquella ruta en línea recta, Bill no pudo contenerse. Solo tendré más cuidado, se dijo, y empezó a cortar camino. 

Antes de bajar, contestó un llamado de Joanna. ¿Quién podrá ser?, pensó.

“Parece que aún estás vivo”, bromeó ella. 

Bill pensó que podría pasar al valle, cazar un poco, ir a la siguiente cordillera y acechar un poco más. Pero entre más serpenteaba por el bosque, las crestas se volvían más delgadas y profundas. No pasó mucho tiempo antes de que el cañón se estrechara hasta formar una rampa rocosa. Lo siguiente que el anciano supo fue que se estaba asomando desde la cima de una cascada de unos 60 metros de altura.

Miró a la derecha y vio una pared casi vertical que se alzaba seis metros. Detrás de él, el barranco que había observado desde la montaña parecía más largo y pronunciado de lo que había calculado. A la izquierda, el muro se veía menos vertical, algo más agrietado y cubierto por gruesas raíces de laurel. 

Sabía lo que debía hacer: volver al barranco. Pero si escalaba la roca de la izquierda podría continuar y bajar por la cordillera. Llegaría al Jeep a tiempo.

Empezó a trepar, planeando cada paso, agarrando las raíces más anchas, tirándolas a fin de comprobar su firmeza, e impulsándose para alcanzar el siguiente punto firme, luego otro y así sucesivamente. Procuraba no mirar hacia abajo.

Continuó subiendo hasta que finalmente se encaramó a la plataforma superior de la pared rocosa. Cada parte de su cuerpo le ardía; necesitaba descansar. 

Bill reanudó la marcha casi a las 14:45. Mientras descendía por el valle, encontró un sendero con marcas blancas y recordó que una de sus nietas había mencionado que vio una cascada cuando escalaba por la zona, así que la llamó. Le describió el barranco, las paredes rocosas y la senda marcada que, él pensaba, podría llevarlo de vuelta. 

—Parece bastante fácil —dijo.

Ella no recordaba el sendero. 

—Abuelo —le suplicó— regresa a la cordillera.

Sin embargo, él quería tomar esa ruta. 

—Ya lo tengo —dijo, solo para darse cuenta de que hablaba solo. Se había quedado sin batería.

Buscó el dispositivo GPS que siempre llevaba consigo para emergencias y oprimió el botón de encendido. Nada. Había olvidado cargarlo.

El sendero parecía ir cuesta abajo justo en la dirección correcta. No obstante, pronto empezó a desviarse y a alejarse de donde estaba el auto. Así que decidió tomar otro atajo y comenzó a abrirse camino por la maleza, deteniéndose ocasionalmente para ajustar la ruta. Llegó al valle, pero no había camino alguno.

"Ay, no. Estoy perdido", se dijo. De reojo pudo ver un grupo de árboles altos y recordó haber admirado esos majestuosos robles y pinos antes. Solo tenía que llegar allí, el vehículo no estaría lejos. Sin embargo, tendría que recorrer una larga distancia y parte de ella parecía ser una zona talada por leñadores. ¿Qué podría salir mal?

Resulta que los taladores habían dejado un matorral de tallos y ramas; laureles y zarzaparrillas habían brotado en la forma de millones de agujas por las cavidades entre los escombros. Arrastrarme sobre alambres de púas en Corea sería mejor que esto, pensó Bill.

Cada vez se movía con mayor lentitud; la hora límite fijada por Joanna había pasado hace mucho. Finalmente, el Sol se escondió tras la cresta de la montaña a sus espaldas y el bosque quedó en tinieblas. Bill no había llevado linterna y sentía sus temblorosas piernas como si hubiera caminado durante 25 kilómetros.

Solo había una cosa que decir: “McDonnell, ahora sí lo lograste. Eres un verdadero imbécil”.


Bill McDonnell Jr. estaba entrando al estadio de la Universidad James Madison, cuando recibió un mensaje de texto de su sobrina. Decía que había perdido contacto con su abuelo alrededor de las 14:00 y desde hacía horas nadie sabía de él. “Estoy seguro de que te ignoró y tomó un atajo”, contestó Bill Jr.

Siendo él también un ávido excursionista, Bill Jr. sabía que su padre podría recorrer 16 kilómetros con su ropa de invierno puesta. Aunque se había vuelto olvidadizo cuando cumplió los 90, así que decidieron llamar al número de emergencias.

Bill Jr. se dirigió a Winchester, donde encontró a su madre en pánico, escarbando entre sus papeles: ella quería asegurarse de tener los documentos necesarios en caso de que su esposo estuviera muerto.

El capitán Wesley Dellinger, de la Oficina del Alguacil del Condado de Shenandoah, entró en acción apenas recibió el aviso de que una persona de la tercera edad estaba desaparecida: medía poco menos de 1,80 metros, pesaba 90 kilos y se sabía que estaba en el bosque. Él mismo había tomado el camino equivocado en esa zona, así que sintió pena por el hombre. “Piensas que estás ubicado —le comentó a uno de sus ayudantes—, y resulta que no”.

Ordenó montar un cuartel cerca de la entrada de Laurel Run y a eso de las 18:30, ya había organizado al personal en una hora a la redonda. Pero la última ubicación de Bill se situaba en una zona demasiado escabrosa y remota para un rescate terrestre, sobre todo sin luz de luna.

Entonces, el alguacil envió a sus ayudantes a recorrer las rutas y vías alternas, con la esperanza de que Bill hubiera encontrado la forma de llegar a la autopista. Cerca de las 21:00, llegó un helicóptero de la Policía del Condado de Fairfax. Eran casi las 21:45 cuando Bill escuchó el sonido de las hélices. Miró hacia arriba desde su cama improvisada. Nunca le había importado dormir en la tierra: era cuestión de hacer una pequeña esterilla a base de ramas, truco que aprendió en el Ejército.

Mientras la luz de la aeronave se acercaba, Bill luchaba por mover sus adoloridas articulaciones e incorporarse. Al fin logró alzar su gorra de cazador anaranjada y agitarla. “¡Aquí estoy!”, gritó.

El helicóptero voló sobre él, pero la maleza impedía que el reflector penetrara. La luz se fue atenuando poco a poco y el zumbido comenzó a percibirse más lejano. Bill supuso que no regresarían sino hasta el día siguiente.

Intentó dormir, pero no logró acallar su cabeza; no soportaba que los rescatistas estuvieran perdiendo recursos y sueño por su culpa. Si bien quería levantarse y abrirse camino entre la oscuridad, sabía que solo se metería en más problemas.

Poco después de medianoche, sonó el teléfono del capitán Dellinger: la Oficina del Alguacil del Condado de Loudoun ofrecía su dron de búsqueda. Con un costo de 94.000 dólares, el cuadricóptero, nombre oficial, es el equipo más novedoso que todo jefe de rescate quisiera tener, pero que pocos se pueden permitir.

A la mañana siguiente, los equipos de rescatistas y sus sabuesos comenzaron a buscar por la ruta que Bill había seguido. Al mismo tiempo, el segundo al mando en el Condado de Loudoun, Matthew Devaney, y su copiloto, Jamie Holben, establecieron una zona para que el dron despegara y luego esperaron la señal que les indicaría el momento de enviarlo.

Sería la primera vez que lo utilizarían en una operación real. Cualquier falla sería oro para los detractores, quienes lo consideraban un juguete caro pagado por los contribuyentes. El dispositivo tiene un rango visual de 5 metros y una cámara de alta definición tan poderosa “que, a 122 metros de altura, se puede ver la nariz de alguien que está tirado en el piso”, explica Devaney.

A las 9:00, llegó la hora. Mientras Devaney estaba en los controles, Holben hacía ajustes. Guiando a la aeronave entre los enormes árboles, la enviaron hacia el área de búsqueda.

Al mismo tiempo, uno de los equipos de rastreo encontró un lugar en el que se habían colocado unas ramas entrelazadas para formar una especie de colchón; habían escuchado que el cazador perdido era un viejo amigo del bosque. Un nido tan confortable tenía que ser obra de manos expertas.

Esa mañana, Bill se despertó antes del amanecer repasando en su mente los giros equivocados que podría haber dado e imaginando la desesperación de su esposa. No se preocupó por no encontrar el camino de vuelta, sino por lo que le esperaba al regresar.

Justo después de las 7:00, el cielo se iluminó y el matorral comenzó a reaparecer. Comió algo y se preparó para batallar contra los laureles.

La luz aún era tenue y debía meditar cada paso para evitar las espinas o una torcedura de tobillo. Después de cerca de 15 minutos, Bill llegó a un área en la que podía ver el paisaje con mayor claridad. Ahí, solo unos cuantos cientos de metros más adelante, se encontraba la fila de árboles a la que había querido llegar la noche anterior.

“¿En serio?”, le gritó al bosque.

Quince minutos más tarde, Bill salió de entre el matorral e inició su lento ascenso hacia la cordillera. Sabía que los rescatistas no estaban lejos, por lo que redobló esfuerzos. Más le valía llegar al Jeep antes de que lo encontraran.

Ahora que los ayudantes habían puesto en marcha al dron, podían ver el bosque con nitidez, pero no distinguían sino rocas blanquecinas y árboles por doquier; además, tras 20 minutos en el aire, la batería del dispositivo ya estaba por debajo de 25 por ciento. El aparato tendría que aterrizar con objeto de repostar si en breve no obtenían una pista del hombre extraviado.

El dron voló un kilómetro sobre una cordillera coronada por robles y pinos de gran altura cuando, de pronto, notó que un punto anaranjado fosforescente se movía. Al hacer un acercamiento, la imagen se aclaró: era una gorra de cazador.

—¡Creo que lo encontramos! —exclamó Devaney.

Abajo, Bill empezaba a caminar enérgicamente: el terreno por fin le parecía familiar y estaba seguro de que ya estaba a menos de kilómetro y medio de su vehículo. De pronto, vio de reojo a un enorme animal negro dando saltos hacia él. ¿Sería un oso? Había visto algunos alejarse. Pero antes de que pudiera tomar su arma, se dio cuenta de que era un perro.

—¡Bill! —gritó alguien—. ¡William! ¡Bill McDonnell!

—Aquí estoy —contestó él.

Esos rastreadores…, le habían ganado la partida.

No es que no estuviera agradecido por el “aparatito” que había contribuido a su rescate, o por los jóvenes que habían atravesado el frío bosque en busca de un anciano. Más bien se sentía avergonzado y frustrado por el alboroto que había provocado. Incluso los canales locales de noticias habían cubierto la noticia.

—Media hora más de Sol y habría estado bien —les aseguró a los rescatistas.

Al siguiente día, Bill Jr. tuvo la tarea de sentarse con su papá para tener “una charla”. “Le dije: ‘Toda la familia estaba asustada, en especial mamá›”, cuenta Bill Jr. “Ya no puedes salir solo”.

Bill accedió y juró que ya no saldría a cazar o a hacer senderismo a solas otra vez. Pero una semana más tarde, durante una caminata corta (acompañado), empezó a dudar. “Necesito mantener esa promesa —dijo—. Pero la idea me saca de quicio. Me encanta caminar solo por estos bosques”. 

Tomado de  Washingtonian (Julio de 2018). © 2018 Por Robert Nelson, Washingtonian.com.


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