El origen del síndrome de Estocolmo El origen del síndrome de Estocolmo

En una famosa toma de rehenes en 1973 surgió una curiosa relación entre cautivos y captores. 


El jueves 23 de agosto de 1973,poco antes de las diez de la mañana, un hombre alto
y fuerte con camiseta gris entró en la sucursal del banco Sveriges Kreditbanken de la plaza Norrmalmstorg, en el centro de Estocolmo. Llevaba maquillaje, peluca de mujer, gafas de sol y, en la mano, una gran bolsa de tela.

Ocupó su lugar al final de la fila, bajó la bolsa, sacó una ametralladora y disparó una ráfaga al techo.

“¡Que comience la fiesta!”, gritó en inglés. “¡Al suelo!”

Había unas 30 personas en el banco. El ladrón amenazó con matar a quien no le obedeciera. A una mujer que se había escondido bajo un escritorio le gritó: “¡Levántate!” y ordenó a un empleado que la atara. Luego hizo que ataran por las muñecas y tobillos a otras dos mujeres.

La policía pronto consiguió entrar al segundo piso del banco, donde estaban las oficinas ejecutivas. Desde allí, un agente vestido de civil bajó al hall y, con el revólver en la mano, ordenó al ladrón que soltara el arma. Pero este en cambio se arrodilló y disparó. El detective sintió un dolor agudo en la mano derecha y se escapó por la escalera, dejando un rastro de sangre.

El agresor planteó sus exigencias: tres millones de coronas suecas (unos 700.000 dólares, equivalentes a más de 4 millones de dólares actuales) y la liberación de Clark Olofsson, de 26 años, el criminal más afamado del país, al que debían llevar al banco.

La policía sospechaba que el agresor era un terrorista internacional. Hablaba inglés y parecía no saber sueco. Pero era sueco: Jan-Erik, o “Janne”, Olsson era un ladrón de cajas fuertes de 32 años con un historial que incluía robos y agresiones. Cumplía una condena de tres años por atraco y había huido cuando estaba en libertad condicional por buena conducta.

Janne y Clark se habían conocido unos cuatro meses antes en Kalmar, un penal en el Mar Báltico; tenían celdas adyacentes. Janne admiraba la inteligencia de Clark, su fama en el mundo criminal y sus relatos de hazañas trepidantes y lucrativas. Clark, a su vez, disfrutaba con la atención. Pero, tras una fuga fallida con ayuda de Janne, Clark fue trasladado a Norrköping, una prisión más segura.

Pero Janne tenía un plan para liberar a Clark y, de paso, huir con una gran suma de dinero.

Dentro del banco, Janne retenía a su lado a las tres rehenes: Kristin Enmark, de 23 años, encargada de préstamos; Elisabeth Oldgren, de 21 años, cajera; y Birgitta Lundblad, de 31 años, madre de dos hijos y empleada media jornada.

A las 10:30 horas, el comisario Sven Thorander, de 56 años, bajó al hall. Salió a la calle, se quitó el chaleco como le habían ordenado y se dio la vuelta para mostrar que no llevaba armas. Luego dio un paso adelante.

“¡Alto ahí!”, gritó Janne y pateó el suelo con fuerza. “¿Quién eres?”

“El comisario Sven Thorander”.

Janne le dijo que Clark y el dinero debían llegar en dos horas y media, de lo contrario... señaló con su arma a las mujeres atadas.

Con Thorander fuera y el plazo de Janne a punto de vencer, la policía decidió enviar la mitad del rescate en billetes nuevos, con números consecutivos. Janne exigió en billetes viejos, que serían más difíciles de rastrear.

Mientras, en la cárcel de Norrköping, llevaron a Clark a dirección, donde Gunilla Arnerdal, directora interina, le dijo que alguien quería hablar con él. Tomó el teléfono y una voz le preguntó en inglés: “¿Quieres venir a mi fiesta en Estocolmo?”

Como no creía que reconociera su voz, dijo unas palabras en árabe que Clark, quien había estado en Beirut, le había enseñado en la cárcel. Clark supo que el que llamaba era Janne.

“¿De qué se trata?”, preguntó tras colgar el teléfono. Gunilla le habló del robo al banco y de la demanda de liberación.

Entonces Clark empezó a comprender. Recordó los “cuentos” que le había contado a Janne sobre aventuras criminales y posibles atracos que podían cometerse, entre ellos la toma de rehenes. Janne había puesto atención, pero Clark jamás pensó que llegaría a intentarlo.


La policía había invadido la plaza Norrmalmstorg. Agentes con cascos, chalecos antibalas y ametralladoras se escondían entre los autos, las furgonetas y las mesas de la plaza. Otros agentes, avanzando en zigzag por las veredas, se aproximaban más.

Desde la plaza se emitían informes por radio cada hora. La televisión siguió el ejemplo en lo que los tabloides suecos llamaron el robo de banco más emocionante de la historia moderna.

A las 16:15 horas llegaron tres autos. Del segundo salió Clark, con un pulóver azul y blanco a la moda y un pantalón de pana azul. Estaba esposado a dos policías. Los flashes de las cámaras brillaron por toda la plaza. Un periodista dijo que Clark parecía una “desaliñada mezcla escandinava entre Jesse James y Warren Beatty”.

En el segundo piso del banco, Clark reconoció al comisario Thorander por las fotografías del diario. El jefe de policía Kurt Lindroth también estaba allí. Pidieron a Clark que “hiciera el bien” y salvara a los rehenes. En el viaje a Estocolmo había dicho a sus escoltas que haría lo que fuera por estar menos tiempo en la cárcel. Thorander sugirió una semana de permiso y un posible apoyo policial para un indulto. Clark aceptó ayudar.

De vuelta en el hall, Clark vio al agresor. Aunque era alto y de constitución atlética, casi no se parecía a Janne debido a su disfraz.

“Acércate”, dijo el ladrón, y susurró un apodo de la prisión: “Shaggy”.

“¿Eres tú?”, exclamó Clark.

Los dos hombres se abrazaron. 


Janne permitió a la gente salir del banco hasta que solo quedaron las tres mujeres rehenes. Había tres grandes bolsas de dinero en el centro del hall: los billetes nuevos habían sido sustituidos por viejos. Clark llevó el dinero a la bóveda. Apenas era la mitad del rescate. 

Con la llegada de Clark, Janne empezó por fin a relajarse. Como persistía el riesgo de que la policía irrumpiera en el hall y causara un tiroteo, Clark sugirió trasladarse a la bóveda de seguridad. Kristin intentaba caminar con los tobillos atados. Clark la llevó y la depositó dentro con cuidado.

La cámara, de 14 metros de largo, estaba repleta de muebles de oficina, había un gabinete de acero con unas 600 cajas de seguridad. En la entrada había dos gruesas puertas de acero: la exterior abría hacia el vestíbulo y la interior hacia la bóveda.

Clark le preguntó a Birgitta si había comido. Era difícil con las manos atadas, dijo, así que Janne hizo que la desataran.

“Qué manera de conocernos”, bromeó Clark mientras desataba los nudos de las muñecas y tobillos de Kristin. Todo saldrá bien, les dijo a las asustadas rehenes. Solo tenían que mantener la calma y escucharlo. Clark las animó aún más al organizar que hablaran con sus familias. Sacó un teléfono del vestíbulo y lo conectó a un enchufe de la bóveda.

Como su marido aún no había llegado del trabajo, Birgitta le dijo a la niñera que llegaría tarde porque estaba “atrapada en el banco”. Entonces se puso a llorar. Elisabeth llamó a sus padres al internado del que su padre era director. Kristin llamó a su familia en el norte de Suecia; su madre se había enterado de la toma de rehenes por la radio.

Las rehenes estaban agradecidas por haber podido hablar con sus familias, gesto que contrastaba con el de la policía, a quien no parecía importarle que tuvieran esa oportunidad. Pero Clark y Janne lo habían conseguido.

Clark exploraba un pequeño almacén cuando de pronto saltó hacia atrás, sorprendido. Un joven alto, delgado, de pelo largo y rubio estaba allí de pie. Era Sven Säfström, de 24 años, empleado del banco. Al oír el revuelo en el vestíbulo mientras buscaba provisiones, supuso que era un robo y se quedó donde estaba. Llevaba allí todo el día.

“Mira lo que he encontrado”, dijo Clark al volver a la bóveda. Pidió a Janne a que se quedara con Sven para reforzar su capacidad de negociación. Janne, ametralladora en mano, aceptó de mala gana y le dijo a Sven que cogiera sándwiches y cerveza de los que había llevado la policía.

En ese momento, Janne empezó a hablar en sueco, lo que sorprendió a las mujeres, que le habían estado “traduciendo” las noticias de la radio.

Entonces planteó más exigencias a la policía mediante su negociador Bengt-Olof Lövenlo, o “B-O”, que habló con Janne desde la amplia escalera principal. Quería el resto del dinero del rescate en moneda extranjera, más difícil de rastrear. También quería “dos pistolas y un auto potente”; Clark manejaría y dos rehenes, Kristin y Elisabeth, los acompañarían. Una vez que él y Clark estuvieran a salvo, dijo, liberarían a las mujeres.

Poco después de las 19:30 horas, B-O le dijo a Janne que había traído un Ford Mustang con motor V8 y que Janne y Clark podían irse de inmediato. La policía les daría las llaves del auto y garantía de paso seguro a cambio de los rehenes, pero bajo ninguna circunstancia les permitiría llevarse a las mujeres.

Tras varias horas de toma de rehenes, las negociaciones estaban estancadas.


Al ponerse el sol en Norrmalmstorg la noche del 23 de agosto, el Mustang azul marino seguía aparcado fuera del banco. A las 22:55 horas, Thorander bajó la escalera. Kristin se asomó por la puerta de la bóveda y dijo que ella y Elisabeth querían irse con “los chicos”.

Eso no iba a suceder, respondió Thorander.

“¿No entiendes que este tipo está poniéndose muy nervioso?”, gritó Clark, refiriéndose a Janne. “Está totalmente desesperado”.

Thorander replicó: ¿No se da cuenta Janne de que no le queda más remedio que rendirse? La zona estaba llena de policías. Había francotiradores en el hall, la plaza, el parque y las calles cercanas.

Janne, sin embargo, había llegado a una conclusión distinta. Si salía del banco sin rehenes, la policía no dudaría en dispararle. El discurso de Thorander solo confirmaba que debía mantenerlos. Entonces, alguien en la bóveda tuvo otra idea.

A los pocos minutos sonó el teléfono en el despacho de Olof Palme, primer ministro de Suecia. Cuando un asistente preguntó quién llamaba, una voz masculina respondió: “Dígale que es Clark, del banco”.

Cuando Palme tomó la llamada, Clark le transmitió la exigencia de Janne de salir del banco con Kristin y Elisabeth. El primer ministro le pidió a Clark que convenciera al ladrón de deponer su arma y liberar a los rehenes. Añadió que no permitiría que se fueran con Janne y Clark.

Entonces Janne tomó el teléfono. Él y Clark se irían con las rehenes, dijo, y eso era el fin del asunto. Si el gobierno intentaba detenerlos, amenazó, “¡voy a matar a esta chica!” Se oyó un grito desde el interior de la bóveda.

Janne repitió entonces el ultimátum con calma y firmeza. El primer ministro tenía un minuto para decidir.

Janne empezó la cuenta regresiva: “60, 59, 58...” Cuando quedaban 15 segundos, colgó el teléfono de golpe. 


Esa primera noche, Janne apagó las luces y la bóveda quedó a oscuras. Si la policía intentaba una emboscada, se toparía con Elisabeth sentada en un sillón cerca de la puerta interior. A sus pies, Janne había armado explosivos que sacó de su bolsa de lona. 

La temperatura bajó durante la noche; Elisabeth se despertó temblando y Janne la envolvió con su sudadera gris. Clark consiguió el abrigo de un policía para Birgitta. La bóveda estaba en silencio, salvo por la radio de transistores sintonizada en las noticias. Birgitta intentaba dormir en el suelo, en un rincón lejano cerca de Sven. En el centro de la cámara, Kristin apoyaba la cabeza en una bolsa de dinero.

A la mañana siguiente, el jefe Lindroth pidió ver a los rehenes para comprobar que estaban bien. Clark, quien la policía aún creía que trataría de detener a Janne, los sacó uno a uno. Lo que sorprendió a Lindroth no fue su condición (parecían estar bien) sino su actitud. Parecían menos asustados que resentidos, más aún, molestos, y todo ese sentimiento estaba dirigido abrumadoramente a la policía.

Salió Kristin y Clark le pasó el brazo por los hombros. Lo mismo hizo con Elisabeth. Parecían ser buenos amigos. Lindroth pensó que aquella era una de las mañanas más raras de su carrera.

A lo largo del día, Clark, Janne y los rehenes jugaron al tres en línea y al póquer. Más tarde, un programa de noticias de la televisión llamó para pedir una entrevista, Elisabeth respondió. “El ladrón y Clark nos han atendido muy bien”, dijo al periodista. “Han sido unos auténticos caballeros”.

“Entonces, están ahí sentados los cuatro...” No, dijo Elisabeth: “No somos cuatro, sino seis”. Se incluía, y a sus colegas rehenes, en el mismo grupo que Clark y Janne.

Janne informó a los rehenes que, con más policías en el banco, tendría que retenerlos en la bóveda. Ya no les permitiría salir, ni siquiera para ir al baño. Su retrete sería una de las papeleras de plástico que había al fondo del recinto.

Birgitta extrañaba a su familia, Janne la consoló contándole que él también tenía dos hijos. Elisabeth sufría claustrofobia, así que Janne la dejó salir de la bóveda, atada a una cuerda de nueve metros. Al ver a la policía en el hall, Elisabeth gritó: “¿Por qué no se van?”.

Más tarde el viernes, segundo día, Janne se quitó el maquillaje y la peluca. Para probarle a la policía que iba en serio, tenía planeado un “espec-
táculo” para esa noche. 

Aunque la crisis de rehenes seguía estancada, Janne y Clark no habían renunciado a la ayuda del primer ministro. Quizá tendría en cuenta las solicitudes de uno de los rehenes. Kristin era la opción natural. Joven y elocuente, era además miembro del Partido Socialdemócrata de Palme. 

A las 17:02 horas sonó el teléfono en las oficinas del Gobierno sueco y Kristin pidió hablar con el primer ministro. Cuando Palme tomó la llamada, Kristin se presentó y dijo: “Me ha decepcionado mucho. Pienso que está jugando con nuestras vidas”.

“¿Por qué lo dice?” 

“Confío plena y completamente en Clark y en el ladrón. No les tengo el más mínimo miedo. Han sido muy atentos”. Lo que sí temía, dijo, era que la policía atacara la bóveda.

La policía nunca hará eso, dijo Palme.

“Déjenos ir a Elisabeth y a mí con estos dos... se lo ruego... asumo el riesgo”.

“Póngase en nuestro lugar”, dijo el primer ministro. “Han robado un banco y matado a un policía”. Subrayó la necesidad de que la sociedad respete la ley y el orden.

“Ya me hablará usted de la sociedad en otra ocasión”, interrumpió Kristin. Comenzaba a enfadarse.

La discusión siguió sin que ninguna de las partes convenciera a la otra. Por fin, a las 17:44 horas, Kristin dijo: “¡Adiós, y gracias por su ayuda!”, y colgó.

Janne envió a Clark a colocar explosivos en la ventana del mostrador del vestíbulo. Había programado que el espectáculo coincidiera con el comienzo del informativo de la noche. A las 19:34 horas, una explosión sacudió el vestíbulo. La planta baja se llenó de humo. Janne esperaba que la explosión obligara a las autoridades a ceder. Consiguió algo más: el cajón de la caja número uno se abrió de golpe y pudieron llevarse una cantidad indefinida de dinero a la bóveda.

Poco después, Olof Palme reiteró en público su “plena confianza” en la policía y dijo que no se desviaría de su postura.

Fuera de la bóveda se desconocía la identidad de Janne, pero esa noche, en una entrevista telefónica para la televisión nacional, no se molestó en fingir la voz: todos, desde su familia hasta los guardias de la prisión de Kalmar, lo reconocieron.

Al conocer su identidad, la policía investigó y descubrió que Janne sentía un desprecio absoluto por los criminales que atacaban a mujeres y niños. Nils Bejerot, psiquiatra de la policía, compartió esta valoración y señaló algo más: cuanto más tiempo pasara el agresor con los rehenes, mayor sería la probabilidad de resolver la crisis sin violencia. Empezaría a verlos no como objetos, sino como seres humanos, y desarrollaría “un vínculo de amistad”.

Bejerot también concluyó que Janne era un delincuente racional y profesional, capaz de calcular sus actos en función de su propio interés, y no un justiciero o un loco.

Apostando por el análisis de Bejerot, la policía utilizó una barra larga para cerrar la puerta exterior de la bóveda. Janne, Clark y los rehenes quedaron encerrados dentro. La policía podía moverse por el vestíbulo sin temor a la ametralladores de Janne. Además, tomaron control de los teléfonos y desconectaron la línea de salida de la bóveda; las llamadas entrantes al banco pasarían por su oficina en el segundo piso. 


Para entonces, la policía de Estocolmo tuvo que plantearse que su supuesto aliado, Clark Olofsson, podría haber “desertado”. No constaba que hubiera intentado desarmar a Janne. Había abierto cajas registradoras, destruido videos de cámaras de seguridad y criticado a la policía en sus entrevistas. Incluso había avisado al pistolero de que los francotiradores lo tenían en la mira.

Cuando un periodista le preguntó sin rodeos: “¿De qué lado estás?”, él respondió: “Del de las pobres chicas”.

La tarde del sábado, Lindroth
reunió a su equipo en una sesión de estrategia. Decidieron que el gas lacrimógeno (en concreto, su variante CS) era la mejor opción para obligar a Janne y Clark a rendirse. El CS ataca ojos, nariz, garganta y vías respiratorias, y provoca una sensación de asfixia y de opresión en el pecho.

La policía informó a Janne y Clark que ya no permitirían la entrada de diarios, comida o bebida. B-O dijo a todos los que estaban en la bóveda que harían un agujero en el techo. Janne se dio cuenta de que el agujero podría servir para introducir algo más que comida y bebida.

La noche del domingo empezaron a taladrar. Las fuertes vibraciones sacudieron la bóveda. Los técnicos de la policía calcularon que perforarían el techo de hormigón de 68 centímetros de grosor antes de medianoche.

Justo después de las 23:30 horas, la policía oyó que los rehenes pedían a gritos hablar con alguien. B-O llamó a la bóveda. Janne le dijo que había colocado un artefacto explosivo en el trayecto del taladro y que, en cuanto la cuchilla atravesara el techo, encendería la carga. Además, las tres mujeres estaban justo debajo del taladro, donde el hormigón podría caerles encima. Sven, dijo, estaba en una silla con la cabeza alineada justo con la cuchilla.

“Tranquilo”, le dijo B-O. “¡Estás loco!”

“¡Dejen de taladrar, por favor, paren!”, se oyó que gritaba una mujer.

“¡Sven va a volar en pedazos!”, advirtió Clark.

Los gritos reverberaban por toda la bóveda.

“¡Escucha!”, exclamó B-O. Clark había colgado el teléfono.

Pero el taladro no se detuvo. Mientras la cuchilla de diamante penetraba en la última capa, de acero blindado, Janne, en el último momento, movió a los rehenes al fondo de la bóveda. Se apiñaron bajo una manta y se taparon los oídos. “No”, les dijo Janne. Era mejor que se taparan los ojos y mantuvieran la boca abierta para protegerse los tímpanos.

A las 23:45 horas, una explosión levantó una nube de polvo y cemento. Un trozo de hormigón se estrelló en el lugar donde, momentos antes, habían estado las tres mujeres. Esto dañó el taladro y retrasó la acción policial. La policía consiguió enseguida otro taladro e hizo un agujero de 25 cm en el techo.

B-O dio el ultimátum: Janne debía entregar su arma y los explosivos mediante un cable que se le bajaría.

“¡Basta!”, se burló Janne, tachando la petición de ridícula. B-O le dijo que tenía veinte minutos para decidir.

Cerca de la hora límite, la bóveda se oscureció de repente. A tientas, Clark fue hacia el teléfono que sonaba.
“¡Enciende la luz!”, gritó por el auricular. B-O contestó que la perforación debía haber cortado el cableado eléctrico.

Poco después de las dos de la mañana del lunes, la policía estaba lista para lanzar el gas y tomar la bóveda.

Entonces Janne hizo lo impensable. Sacó de su bolsa cuatro cuerdas atadas como horcas. Por un micrófono instalado en un conducto de ventilación, la policía oyó cómo Janne ordenaba a los rehenes que se levantaran y se pasaran los lazos por la cabeza; luego los ató a las cajas de seguridad.

Para verificar lo dicho por Janne, la policía bajó un periscopio por el agujero. Pese a la escasa visibilidad, confirmaron que Janne no mentía. B-O llamó para preguntar si Janne había aceptado el ultimátum. Clark tomó la llamada y acusó a la policía de planear un ataque con gas. Sven agarró el auricular. “¡Si lanzan gas, no tendremos ninguna posibilidad de sobrevivir! Nos ahorcarán y asfixiarán y, además, ¡no pueden entrar porque hay barricadas en la puerta!”

 

La maniobra sorpresa de Janne desconcertó a las autoridades. El jefe Lindroth tenía que tomar una decisión. ¿Debía mandar a su equipo a lanzar el gas e invadir la bóveda cuando podían colgar a los rehenes? ¿Tendría la policía tiempo de liberarlos de su horca improvisada y sacarlos antes de que el gas causara daños importantes o que Janne se asustara y les disparara? Lindroth pidió una tregua y anunció a su personal que se reunirían en nueve horas para analizar qué hacer.

Mientras tanto, los secuestradores y los rehenes aprovecharon lo que parecía una prórroga. La policía escuchó con sorpresa lo que el micrófono captó después. Janne, Clark y los cuatro rehenes charlaban como viejos amigos. La conversación iba de lo serio a lo mundano:

“Qué asco de humo hay aquí”, dijo Janne.

Sven se preguntaba en voz alta cuándo tendría que dejar de fumar.

“Cuando sea”, respondió Janne.

Si fuera tan fácil, replicó Sven, todos lo dejarían.

Janne les preguntó cuánto tiempo llevaban en la bóveda. Intentaron calcular el tiempo contando los días que habían pasado.

Sven preguntó a Janne y a Clark dónde querían ir con todo el dinero del rescate. Janne mencionó Sudamérica o Sudáfrica. Clark prefería Beirut, donde había ido en una de sus fugas de la cárcel: “Me sentí muy a gusto allí”.

Janne dijo que estaba harto de estar allí. Elisabeth señaló que él y Clark eran los únicos que podían acabar con el calvario. Janne se limitó a reír, luego quitó mantequilla de un trozo de pan y la usó para lubricar su arma.


Al volver la tarde del lunes, Lindroth y sus asesores decidieron proceder según lo previsto. Necesitarían más agujeros para dispersar el gas de manera uniforme, así que esa misma tarde empezaron a perforar. El agua refrigerante del taladro goteaba del techo y formaba charcos que Janne y Clark usaban para lavarse la cara y saciar su sed. Los rehenes siguieron su ejemplo. 

El martes temprano, la policía bajó una lámpara. Con el lugar totalmente iluminado, Janne obligó a los rehenes a volver a ponerse las sogas.

Cuando la policía completó tres agujeros a las 8 de la mañana del martes, sexto día de la crisis de rehenes, Janne disparó por uno de ellos y le dio en la mano a un técnico de la policía, a quien llevaron al hospital. La radio comentó el tiroteo y los micrófonos captaron los gritos de alegría de dentro de la bóveda. “¡Por fin le hemos dado a uno!, dijo alguien.

Mientras la policía ultimaba los preparativos para el gas, varios psiquiatras y psicólogos lanzaron una enérgica campaña para persuadirlos de dejar salir al ladrón con los rehenes. Argumentaron que estaba desesperado, sin “nada que perder”, y que las autoridades no tenían más remedio que aceptar sus condiciones. Cualquier otra cosa acabaría en catástrofe. Pero la policía no modificó el plan.

A las 20:55 horas, seis ambulancias pararon frente al banco. Agentes que, dado el peligro de la situación, asumirían la responsabilidad de sacar a los supervivientes, llevaron camillas al interior. Francotiradores y policías con chalecos antibalas y metralletas se agazaparon tras trincheras de sacos de arena.

A las 21:05 en punto llegó la señal en clave para iniciar la operación: “¡Encended las luces!”

Una nube gris inundó la bóveda. Janne ordenó a los rehenes que se pusieran las cuerdas, pero era demasiado tarde. Asfixiados, tosían y jadeaban al hundir sus rostros en los charcos. Birgitta metió la cara en una manta mojada.

“¡Nos rendimos!”, gritó alguien.

“¡Abran la puerta!”, gritó un rehén.

Janne puso su pistola en un gancho y la policía la sacó por el agujero más grande. “No voy a sacrificarlos”, dijo a los rehenes. “Esa nunca fue mi intención”.

La policía se preguntaba por qué Janne, Clark y los rehenes no salían por la puerta; la barra que los encerraba había sido retirada. El gas se filtraba de la bóveda al vestíbulo. Exigieron que los rehenes salieran primero, pero ellos se negaron. Birgitta replicó que dejarían salir primero a Janne y Clark, “porque han sido muy amables con nosotros”.

Pero aún había archiveros de acero bloqueando la puerta. Janne, Clark y Sven, tosiendo y con los ojos ardiendo, los quitaron. Janne les indicó a todos que se fueran al fondo de la bóveda, por si la policía empezaba a disparar. Kristin le dio un abrazo y un beso, también Elisabeth. Birgitta le pidió que le escribiera.

Ciento treinta y una horas después del comienzo del calvario, Janne, Clark y los cuatro rehenes salieron de la bóveda hacia las camillas. A las 21:40 del martes 28 de agosto, Radio Suecia transmitió la noticia: la toma de rehenes del banco había terminado.


En 1974, declararon a Janne Olsson culpable de secuestro, extorsión, agresión con agravantes y robo, y condenado a diez años en una prisión de máxima seguridad. Salió en libertad unos años antes, en 1980, por buena conducta. Dejó la delincuencia y dirigió una sucursal de venta de autos de segunda mano en Helsingborg, su ciudad natal. Está jubilado.

A Clark Olofsson lo condenaron por ser cómplice de robo, por robo con agravante y por complicidad en una extorsión. Recurrió, fue su propio abogado defensor y ganó todos los cargos. En marzo de 1976 escapó de Norrköping, donde cumplía condena por delitos anteriores, y cometió el mayor atraco a un banco perpetrado por una sola persona en la historia de Suecia. Tras cuatro décadas entrando y saliendo de la cárcel, salió libre en agosto de 2018, a los 71 años. Vive en un lugar no conocido en Suecia.

Birgitta Lundblad siguió trabajando en el Kreditbanken hasta su jubilación en 2003. Vive con su marido en Estocolmo.

Sven Säfström también volvió al banco; se jubiló en 2011. Varios meses después de la toma de rehenes, visitó a Janne en la cárcel.

Elisabeth Oldgren dejó el Kreditbanken para ser enfermera.

Kristin Enmark estudió trabajo social y se especializó en psicoterapia. Dirige una clínica de terapia familiar en Estocolmo. Mantuvo correspondencia con Clark cuando este volvió a la cárcel y almorzaron juntos en Estocolmo en octubre de 1974, cuando él tuvo un día de permiso.

La sucursal de Norrmalmstorg cerró en 1974 y en la actualidad es la sala de exhibición de una empresa sueca de diseño de ropa.


El 4 de febrero de 1974, menos de un año después de la toma de rehenes, Patricia “Patty” Hearst, nieta del magnate de la prensa William Randolph Hearst y heredera de su fortuna, fue secuestrada en su casa de California por un grupo clandestino autodenominado Ejército Simbionés de Liberación. Dos meses después la grabaron robando un banco con sus secuestradores. En mensajes grabados y transmitidos en todo el mundo, denunció a su familia, a la clase dirigente y al FBI. En el juicio, sus defensores alegaron que le habían lavado el cerebro. Muchos lo consideraron un caso de “síndrome de Estocolmo”, concepto que al parecer acuñó Harvey Schlossberg, negociador de rehenes y psicólogo del Departamento de Policía de Nueva York, a raíz del caso de Norrmalmstorg.

El agente especial Thomas Strentz, de la Unidad de Ciencias Conductuales del FBI, lo definió en su artículo de investigación de 1980 como “trastorno en que los secuestrados se vinculan o expresan lealtad hacia sus secuestradores para salvarse o hacer más llevadera su experiencia”.

Casi medio siglo después de la toma de rehenes de la plaza Norrmalmstorg, el “síndrome de Estocolmo” aún aparece en los reportajes sobre incidentes de rehenes y secuestros de alto nivel. Pero hay pocos estudios académicos sobre el tema y no aparece en los sistemas de clasificación estándar de psiquiatría, como el Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales. 

extracto del libro Six Days in August, de David King, Copyright © 2020 por David King

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