Los Pocitos: donde viven las mejores ostras del mundo Los Pocitos: donde viven las mejores ostras del mundo

Las ostras están en bancos a simple vista por la bahía. La historia cuenta que “un coreano o japonés”, no recuerda bien Julio, llegó a Bahía San Blas con el sueño de cultivarlas. Intentó de varias maneras, pero no resultó. Se fue de la zona y al año comenzaron a aparecer, y hoy se reproducen por miles.

Nadie nos creerá, pero existen en la provincia de Buenos Aires cuarenta personas que viven en una playa de arenas blancas dentro de una pequeña bahía anegada, donde se recuesta un tranquilo mar de aguas turquesas, con un muelle que permite caminar y sentir la caricia salada de este mar, y el lento ondular de las olas. Sobre esta comarca, el sol ilumina un puñado de casas, muy pocas. Muchos dicen que este es el mejor pueblo marítimo del mundo y acuerdan con que las aguas que llegan a la bahía tienen nutrientes y una temperatura especiales que permiten que crezcan y se reproduzcan miles de ostras que representan su principal fuente de alimentación. Y aunque muchos les digan a estos cuarenta soñadores que viven fuera del mundo que tienen un tesoro gastronómico bajo las cristalinas aguas, todos se limitan a responder con una sonrisa. No les interesa que el lugar se dé a conocer y mientras más tiempo puedan continuar escondidos, mucho mejor. Las otras, de gran calidad, están allí, y eso parece tranquilizarlos a los habitantes de este paraíso. Los Pocitos es un pueblo a orillas del mar Argentino, a pocos kilómetros de Bahía San Blas, en Carmen de Patagones, al sur de la provincia de Buenos Aires. Un puñado de islas, como la de los Césares, la Gama, la Flamenco y la del Jabalí, protegen esta bahía de las inclemencias del mar abierto y les aseguran tranquilidad a estas playas. Es un lugar soñado para descansar. Para vivir es un apacible rincón donde la naturaleza se manifiesta desnuda. Los Pocitos, lo dicen sus habitantes, quiere seguir siendo lo que es. 

“Somos de las primeras familias que vivieron acá”, cuenta Julio Klupperberg, nacido, criado y viviendo en Los Pocitos. Si hoy es un lugar mínimo, hace unas cuatro décadas no existía más que un puñado de casas y una huella solo divisada por algunos baqueanos. Siempre fue difícil llegar, también siempre fue hermoso este solar. Se accede por la Ruta Nacional 3, pero una vez dentro del mundo de los caminos rurales, las curvas y contracurvas desorientan y el espejismo crece. El camino atraviesa salitrales y una desolada pampa, deshabitada. Un conjunto de árboles da la bienvenida. Los Pocitos se recuesta en el mar, la primera visión que se tiene es el color del agua, tropical. La pesca y los horarios de la marea son los temas que dominan a los hombres que se dedican a destripar la pescadilla y las corvinas bajo la sombra de los árboles.

“Antes era todo mejor. Mandábamos los pescados en cajones de madera, por tren. Les poníamos hielo y arpillera”, relata Julio. Viedma, Mar del Plata y Buenos Aires eran los principales destinos. Cuando el tren dejó de pasar por Stroeder (a 30 kilómetros), la pequeña aldea de pescadores artesanales no creció más y desde entonces se fueron acostumbrando al abandono. Los Pocitos se dedicó a partir de entonces a disfrutar de la belleza propia de un lugar edénico. La bahía presenta algunas casas y una diminuta plaza donde una pequeña virgen bendice el horizonte: es Stella Maris, la Virgen marinera. Aquellos que se embarcan se entregan a su cuidado. Las calles del pueblito tienen restos de ostras, un piso calcáreo que suena de modo pintoresco cuando se camina sobre él. Hay agua potable, sala sanitaria, algunos comercios donde se puede conseguir el abasto básico y una hostería. Más no se puede pedir. Lo que abunda es lo natural. “Todo esto sigue siendo virgen, el gran cambio lo tuvimos cuando llegó la luz”, sostiene Julio. En 2004, el tendido de cables posibilitó que la villa pudiera conocer la luz en sus noches silenciosas. Antes de eso, el sol de noche y las velas eran las únicas fuentes lumínicas que alumbraban la vida nocturna. 

Los Pocitos: donde viven las mejores ostras del mundo

Las ostras están en bancos a simple vista por la bahía. La historia cuenta que “un coreano o japonés”, no recuerda bien Julio, llegó a Bahía San Blas con el sueño de cultivarlas. Intentó de varias maneras, pero no resultó. Se fue de la zona y al año comenzaron a aparecer, y hoy se reproducen por miles. Se las “engorda” en el agua, ellas la filtran y toman de ahí su alimento. Según el mito en esta comarca, una vez vino una especialista en estos temas y escribió un informe asegurando que Los Pocitos era el mejor lugar del mundo para las ostras. Verdad o no, el titulo les bastó a sus habitantes. “Siempre fue un lugar elegido, pero para poca gente”, reafirma Julio. La ostra puede aguantar viva hasta una semana fuera del agua, y hay dos maneras de comercializarlas: vivas y en pulpa, es decir, ya procesadas. Julio elige la primera opción. “Es más rica; acá las comemos en escabeche o gratinadas”. Bocado exquisito de platos sofisticados en todos los restaurantes del mundo, en Los Pocitos la ostra tiene el rango de picada, aunque todos saben de qué se trata. 

Las mareas se esperan y son estudiadas. La pesca embarcada exige saberlas de memoria. La ostra está todo el año, pero el pescado no. “En invierno se van a aguas cálidas; en octubre entran el gatuzo y la pescadilla, en diciembre la corvina”, explica Julio. A pesar de que el mar es un apéndice de todos los que viven en Los Pocitos, nunca se lo conoce bien. “El mar es diferente todos los días, el viento cambia y lo que tenías por seguro, ya no lo es”. 

Frente a la bahía hay un conjunto de islas, como la de los Césares, nombre que hace referencia a una expedición de (Nicolás) Mascardi, que estuvo gran parte de su vida buscando la mítica ciudad dorada, allá por el siglo XVII. “Antes había ganado, pero las islas están deshabitadas”. Se cuentan muchas historias alrededor de ellas: que hay un tesoro, que por allí maniobraron algunos submarinos nazis y que era una ruta usada por los galeones españoles, muchos de los cuales elegían estas tranquilas aguas para fondear y algunos terminaron en el lecho del mar, innominados. Sus leyendas forman parte de la identidad de estas costas.

Los cuarenta habitantes de Los Pocitos se dejan ver: muchos están en el mar, pescando; otros, limpiando corvinas. Alguna señal radial llega, extraviada en el éter, trayendo los sones de inclasificables canciones. El murmullo de las olas que llegan mansas a la costa es un arrullo constante. Los teléfonos celulares no molestan. La seguridad de que este pueblo está alejado de todo tranquiliza. “Acá dejamos todo afuera, los equipos de pesca, los bidones de nafta, las puertas de las casas abiertas; somos pocos”, concluye Julio. La vida tiene sentido en lugares así.


Desconocida Buenos Aires (Editorial El Ateneo), tres libros con relatos de viajes donde el lector reconecta con lo simple: rutas, siestas, árboles, animales de campo y los sabores de la comida casera y fresca.

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