Tras realizar las preguntas correctas, logró reforzar el vínculo con su padre Tras realizar las preguntas correctas, logró reforzar el vínculo con su padre

Mi padre y yo, reconstruidos. Reparar una casa con mi padre me enseñó que tenía más que aprender sobre él de lo que pensaba.

Al crecer, entendí una cosa sobre mi padre: él lo sabía todo. En resumen, así era nuestra relación: yo le preguntaba y él me daba las respuestas. ¿De verdad hay un hombre en la luna? ¿Como funcionan los veleros? ¿Cual es el puntaje más alto que alguien ha sacado en Pac-Man?

En mi adolescencia, me enseñó cosas que necesitaría para sobrevivir en el mundo real. Manejar coches con transmisión manual. Revisar la presión de las llantas (aunque el medidor que me compró hace 20 años sigue sin estrenar en mi guantera). El cuchillo correcto para cortar melón.

Cuando me fui a vivir sola, le llamaba al menos una vez por semana, normalmente cuando se estropeaba algo y necesitaba saber cómo arreglarlo: el inodoro; el aire acondicionado; la pared, una vez que le lancé un zapato a una araña horrenda.

Pero acabé por necesitarlo menos. Me casé, y mi esposo tenía casi todo el conocimiento que me faltaba sobre limpieza de desagües, calentadores y eliminación no destructiva de insectos. Para todo lo demás, estaba Google.

No sé cuándo ocurrió, pero nuestras llamadas se redujeron a siete palabras. Yo: “Hola, papá”. Él: “Hola, linda. Aquí está mamá”. (Porque a ella aún la necesitaba... Dame la receta del pollo a la parmesana. ¿Debo llamar al médico por la fiebre de mi hija? ¿Podrías leer el borrador de mi novela?)

Claro que quería a mi padre, pero a veces sentía que ya me había contado todo lo que necesitaba saber. Quizá ya había oído todas sus historias. Quizá, al conocer a un hombre por 40 años, ya no queda nada que contar.

El verano pasado, mi esposo, nuestros cuatro hijos y yo nos mudamos con mis padres tres semanas mientras remodelaban nuestra casa. Papá me pidió que le ayudara a reconstruir la barrera del embarcadero de su casa del lago. No me negué (era lo menos que podía hacer a cambio de la renta) pero lo temía. Fue un duro trabajo manual. Nos mojamos, nos llenamos de arena y estoy segura de que una bacteria letal brotó de las entrañas de la madera podrida que le arrancamos al viejo muro de contención.

Al armar la nueva barrera pieza por pieza, mi padre sabía exactamente dónde iba cada cosa. Lo miré y dije, “¿Por qué sabes construir barreras?”

El pesado mazo que balanceaba se detuvo en el aire. “Pasé un verano en la universidad construyéndolas en Jersey Shore”. “¿En serio?” Creía saberlo todo sobre mi padre y sus trabajos temporales. El huerto de manzanas, el verano en la planta de rábano picante que le dejaba las manos en carne viva, y también lo del puesto de cocinero de cafetería, donde aprendió a hacer la mejor omelette del Hemisferio Occidental. Pero esto no lo sabía.

“Sí. Ahora sube aquí y déjame enseñarte a usar esta sierra circular.” Mientras explicaba la importancia de no colocar la cuchilla demasiado profunda (información que enseguida guardé en el mismo sitio donde almaceno los datos sobre el uso del medidor de llantas), me di cuenta de que tal vez no fuera que no quedara nada por decir. Tal vez me he pasado la vida haciéndole preguntas equivocadas.

Unas semanas después de que mi familia y yo nos mudamos a nuestra casa remodelada, llamé a mis padres. Papá respondió, “Hola, linda. Aquí está mamá”.

“Espera, papá”, dije. “¿Cómo estás?” Acabamos hablando del proyecto de consultoría en el que trabajaba, la batería que había comprado para su velero, el refinanciamiento del préstamo para la remodelación de la casa que mi marido y yo buscábamos. Nada trascendental, nada del otro mundo. A cualquiera le habría parecido una conversación normal entre un padre y su hija.

Pero para mí fue novedoso. Un nuevo comienzo. Pasé gran parte de mi vida hablando con mi padre por necesidad. Ahora hablo con él porque quiero.

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