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Conmovedoras historias que renuevan nuestra fe en la bondad de las personas.

En el desierto cubierto de nieve de la frontera de Irak y Siria, Brian Dennis, comandante de la Infantería de Marina estadounidense, observaba a un grupo de perros sin dueño que merodeaban el fuerte de adobe donde él y sus hombres se habían detenido para descansar y comer. Los animales buscaban sobras de comida. Cada vez que el Equipo Fronterizo de Transición de Dennis iba a patrullar las ruinosas aldeas de esa zona, los 15 perros estaban esperando allí.

Su “líder” era un perro gris de hocico negro, cruza de pastor alemán y collie de la frontera. Los soldados lo llamaban Nubs (“mocho”) porque en algún momento de su corta y triste vida alguien le había cortado las orejas: otra víctima de la guerra.

Los perros habían rondado por el fuerte durante tres meses. Para los aldeanos eran un fastidio porque robaban comida, pero Dennis, de 36 años, piloto de un avión caza F-18 en su segundo recorrido de combate, se hizo amigo de Nubs. Era un perro muy singular. Aunque todo el tiempo estaba luchando por el dominio en la manada, también era un payaso. Frente a los soldados saltaba y hacía gracias para ganarse la comida; al verlo, ellos se acordaban de sus mascotas.

Aquel gélido día de diciembre de 2007 los perros merodeaban como siempre, pero algo malo le ocurría a Nubs: temblaba y apenas podía mantenerse en pie. Dennis se acercó a él y vio que tenía una herida en un lado del pecho. La piel de alrededor estaba cubierta de sangre seca, y la herida parecía infectada. Los aldeanos le contaron al comandante que un soldado iraquí había apuñalado al perro con un destornillador.

Dennis no soportó ver sufrir a Nubs. Localizó al médico del equipo, y juntos le lavaron la herida, le aplicaron crema antiséptica y le dieron un antibiótico oral. Cuando terminaron, la temperatura ambiente había bajado aún más. “No creí que el perro sobreviviera la noche”, contó Dennis. Pero al llegar la mañana Nubs seguía vivo; con dolor y muy débil, pero vivo. El equipo debía partir, así que Dennis se arrodilló para despedirse. “Mantente fuerte”, le susurró al perro.

Diez días después, regresó con su unidad. También Nubs volvió. Seguía débil, pero los hombres lo alimentaron y jugaron con él como siempre. Cuando concluyeron su trabajo y de nuevo partieron, hacia su puesto de combate a 112 kilómetros al sur, se dieron cuenta de que Nubs, lento pero decidido, trotaba tras sus vehículos. Los siguió por un largo trecho de desierto hasta que lo perdieron de vista.

Al cabo de dos días, Dennis se encontraba en el puesto hablando con unos oficiales iraquíes cuando uno de sus hombres irrumpió por la puerta.

—Venga —apremió al comandante—. No va usted a creer quién está allí afuera.

Dennis se disculpó y salió, sin imaginar lo que iba a ver.

Allí estaba Nubs. ¡Es imposible!, pensó el comandante, asombrado. El perro había recorrido 112 kilómetros de desierto helado, y hecho frente a lobos y guerrilleros para reunirse con el amigo que le había salvado la vida.

La Navidad se acercaba, pero en las zonas de guerra no hay fiestas. Los soldados a veces cenan algo especial, o hacen una pausa para rezar o meditar. Pero las bombas y los francotiradores siguen allí. “Uno no puede tomarse el día porque es Navidad —dice Dennis—. Aún hay una misión por cumplir”. Pero ese año, en ese puesto, Nubs llegó como regalo para 50 soldados.

Hasta que el alto mando se enteró. Tener animales va contra las reglas, y les ordenaron deshacerse del perro “por cualquier medio” en un plazo de cuatro días. Dennis quería salvarlo. “Habíamos recorrido las mismas ruinas y dormido en la misma tierra”, dice. “Ese perro había sufrido la guerra y el maltrato, así que pensé que merecía una buena vida”.

Entonces buscó la manera de enviar a Nubs a los Estados Unidos. En Internet encontró a una pareja de San Diego que estaba dispuesta a cuidar al perro hasta que él volviera a su país. La familia y los amigos de Dennis juntaron 4.000 dólares para el pasaje de avión, la jaula de viaje y las vacunas. Nubs dejó el desierto y voló de Jordania a Europa, y de allí a California. Un mes después, Dennis llegó a la base aérea Miramar de la Infantería de Marina, justo al norte de San Diego.

Allí, hombre y perro se volvieron a encontrar. Al principio Nubs no reconoció a aquel tipo risueño y de cabeza rapada; no era el sujeto uniformado y sucio que custodiaba el desierto. Pero, unos momentos después, saltó a los brazos de Dennis y le lamió el rostro con evidente emoción. “Si haces algo bueno por alguien, sea una persona o un animal, no te olvidará”, dice el comandante. Nubs no olvidó a su amigo cuando este regresó a Irak en marzo de 2009 para cumplir otro servicio. Se reunieron de nuevo en septiembre, y dos meses después se publicó un libro para niños que cuenta la historia de Nubs, co-escrito por Dennis.

Un acto de compasión en medio de la guerra no redime a un mundo violento. Algunos dicen que la promesa navideña de paz y buena voluntad es una ilusión. Sin embargo, hay un millón de pequeñas historias como la de Dennis y su perro, que nos recuerdan que lo imposible siempre puede hacerse realidad.

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