Cuando el amor puede más que una humillación Cuando el amor puede más que una humillación

Cuando era niña, me humillaron un 14 de febrero. Ahora que soy profesora, mis alumnos celebran este día con amor.

Voy a contarles una historia”, anuncio a mi clase de secundaria. 

Todos levantan la vista. Nada calma tan pronto a un grupo de adolescentes parlanchines y hace que suelten sus teléfonos como la promesa de una historia.

“Es una historia de amor. Y de desamor”. Hago una pausa dramática. “Y de humillación”.

Me miran con ojos como platos. Y añado el remate: “la mía”.

¡Atrapados! Cuento esta historia cada febrero desde que empecé a dar clase en 1999. Su poder reside, pienso, en cómo cambia la forma en que mis alumnos me ven. Cualquier omnipotencia que ejerciera como profesora desaparece por un momento. Solo queda una niña de 11 años con los sentimientos destrozados, y cada uno de ellos se indigna por la brutalidad de quien los destrozó.

“Cuando era pequeña”, comienzo, “me enamoré perdidamente. Se llamaba David. Era alto, guapo y todo un chico malo, lo que me parecía fascinante. Yo no le gustaba; aún así garabateé su nombre en todo mi diario. ‘DT y MM’ con corazones gigantes, ya lo imaginan”.

Se lo imaginan perfectamente. Las chicas ríen (y recuerdan).

“Era el día de San Valentín, al estilo de primaria. Una madre trajo cupcakes. Nuestros padres nos compraron tarjetas variadas de San Valentín para repartir a toda la clase”.

“Llegó el día. Puse sobre mi pupitre las tarjetas que había recibido y, entre muchos sobres pequeños, vi uno enorme salpicado de purpurina. Pensé, emocionada: Uy, ¿a quién le gusto tanto que me ha comprado esta enorme tarjeta de San Valentín? Con manos temblorosas abrí el sobre y saqué un brillante dibujo de una reina en su trono. En el título se leía: ‘Para una reina de San Valentín”’. 

Dirijo una mirada significativa a la clase. “Estaba muerta de emoción. Muy despacio, le di la vuelta a la tarjeta y, al final, vi la firma y casi me desmayo: David. Era demasiado perfecto para ser real”.

“Entonces leí lo que había escrito sobre su firma. En letras grandes y desiguales, me había escrito un mensaje especial”.

Mis alumnos se acercan expectantes.

“Decía: ‘Para la chica más fea de la clase’”.

Hay suspiros audibles y bocas abiertas. Algunos bajan la vista a sus pupitres, como si se avergonzaran por mí.

“¿Y qué hiciste?”, pregunta algún valiente.

“¿Tú qué crees?”, respondo. “Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me picaba la nariz y me ardían las mejillas. Estaba destrozada y temía que él y sus amigos estuvieran mirándome, esperando para ver mi reacción”.

Asienten con compasión.

“Pues sí, me estropeó el día de San Valentín. Hizo tambalear la poca fe que tenía en mí mucho tiempo. Pero sobreviví. Y ahora me niego a ceder esta fiesta del amor a la maldad de un chico. En cambio, estoy decidida a deshacer la maldad de David”. Sonrío. “Y por eso vamos a hacer una fiesta. Una fiesta que celebre la bondad en lugar de la crueldad”.

Se les iluminan los ojos. Están dispuestos a hacer lo que yo les pida. Reparto cartulinas para que hagan buzones personalizados y los pongan en sus pupitres. “No es obligatorio, pero pueden decorarlos. Aquí hay rotuladores”. 

Unos pocos chicos orgullosos se limitan a garabatear sus nombres, pero casi todos llenan sus buzones de corazones, volutas y letras de fantasía. Confirmo que nadie se divierte más en el colegio que un joven de 18 años al que le dejan volver a tener diez años.

La noche antes de la fiesta, recorto cientos de cuadraditos de papel rosa.

“¿Qué tenemos que escribir?”, pregunta alguien cuando los reparto. “¿Tenemos que poner nuestro nombre?”, pregunta otro.

“Por supuesto que van a poner sus nombres”, digo. “No van a escribir algo de lo que los avergüence, ¿verdad? El objetivo es escribir cosas positivas y sinceras a todos los de la clase. Aunque sea alguien que uno no conoce, siempre hay algo agradable que decir. Admira su buen gusto para vestir o su habilidad para el básquet. Cuéntales algo divertido que recuerdes de ellos de primaria”.

Siempre es un placer ver cómo elaboran sus mensajes. Pongo un CD mixto de viejas canciones y el ambiente en la clase se anima. Llevan el ritmo con los pies. A veces no puedo evitar bailar. Pero la verdadera diversión llega cuando leen lo que les han escrito. Ver a un chico tímido abrir una tarjeta y romper a sonreír merece la pena.

Hace diez años, mi alumno Julio le confesó a una chica llamada Rosa que la quería desde tercero. En los meses siguientes fueron novios, iban de la mano y estaban enamorados. Pero los romances son escasos, y no es lo que me importa. Hay medidas de éxito mucho mejores. Hace cuatro años, un chico llamado Hal me escribió que yo era la única que había notado su depresión unos meses antes y lo mucho que había significado para él. Antiguos alumnos me han contado que guardan sus tarjetas de San Valentín y que a veces las leen cuando están tristes.

 Un alumno artista de una generación muy cariñosa dibujó una tarjeta de San Valentín de una reina con la leyenda “Para la chica más bonita de la clase” y todos la firmaron. Aún la tengo colgada junto a mi escritorio.

Tras más de 20 años de docencia, guardo pocas esperanzas de que mis alumnos retengan toda la gramática y el vocabulario que les enseñé. Quizá recuerden un par de libros con cierto gusto, o una tarea de escritura divertida. Pero si lo único que recuerdan de mis clases son las tarjetas de San Valentín que recibieron un lejano mes de febrero, para mí habrá valido la pena.

Los últimos años, este mundo se ha vuelto más feo. En la actualidad nos enfrentamos en las redes sociales a agresores mucho más poderosos y corrosivos que el villano de mi infancia que recuerdo con tanta nitidez.

Si a esto le añadimos la presión por sacar las mejores notas y entrar en una universidad prestigiosa, la vida de mis alumnos de hoy tiene un nivel de estrés mucho mayor que la que yo experimenté hace décadas. Si por un día al año puedo ayudarles a desconectar de todo eso, si puedo crear un entorno en el que sean amables a propósito con los demás, considero que es algo de lo que puedo estar orgullosa.

Y cualquier daño que David pretendiera hacerme hace tantos años ha quedado anulado, muchas veces. Pienso que se asombraría de su legado.


Del Washingtonpost.com (13 de febrero de 2020),

Copyright © 2020 por Melanie McCabe, autora de His Other Life: Searching for My Father,
His Wife, and Tennessee Williams.

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