Amor entre libros. La historia de cómo dos bibliófilos encontraron su corazón Amor entre libros. La historia de cómo dos bibliófilos encontraron su corazón

¿Dónde intercambian palabras de amor los bibliófilos? ¡Siga leyendo para descubrirlo!

SIempre fui una ávida lectora. Cuando era niña, caminaba hasta la biblioteca varias veces a la semana y me quedaba hasta tarde leyendo con la luz de una linterna. Sacaba tantos libros y los devolvía tan rápido que el bibliotecario me dijo en una ocasión, “No te lleves tantos libros a casa si no los vas a leer todos”. “Pero sí los leí todos”, contesté. Para ese entonces ya había terminado la carrera de lenguas inglesas en el colegio y estaba haciendo mi maestría en literatura. Cuando cree mi perfil de citas en Internet, puse como nombre de usuario “missbibliophile52598” (señoritabibliófila52598). Al llegar a la sección “mis libros favoritos”, dejé que mi gusto en literatura hablara por mí: Cien años de soledad, Paris era una fiesta, The namesake, El mundo conocido, El dios de las pequeñas cosas, El lugar del aire


Sin embargo, me di cuenta de que habían pasado más de dos años desde la lectura de la mayoría de esos libros.


Entonces intenté conservar a esa asidua lectora que había en mí. Me uní a clubes de lectura a los que nunca asistí, pedí en la biblioteca el libro que todo el mundo estaba leyendo en ese momento solo para devolverlo una semana después, sin leer y con multas. Aún me encantaba la idea de leer y atesoraba los libros e ir a las librerías.


Cuando encontraba una, me quedaba ahí, dando vueltas entre los estantes por horas como si me estuviera poniendo al día con unos viejos amigos, eligiendo volúmenes que ya había leído y también comprando nuevos. Pero me quedaba claro que me estaba convirtiendo en alguien que no conocía.


David fue mi primera cita de Internet. Su perfil decía que le gustaba leer, así que le pregunté sobre el último libro que había leído. Su cara se iluminó. Él leía mucho más que yo, unos dos libros por semana. Parecía poco probable que llegáramos a ser pareja: yo, una mujer de 1,61 m de altura, nacida de una madre caribeña, y él un hombre blanco de 1,95 m, proveniente de Ohio. Pero a medida que nos conocíamos más, nuestro mutuo amor por los libros llenaron esos huecos faltantes.


Cuando comparamos los libros que teníamos, solo había cuatro en común. David prefería la Historia y los hechos reales, mientras que a mí me atraían los escritores afroamericanos de ficción y las historias de inmigrantes.


Durante nuestra séptima cita, David y yo visitamos la biblioteca. “Conozco un juego”, dijo sacando dos plumas y unas notas adhesivas de su maletín. “Busquemos los libros que hemos leído y dejemos reseñas en ellos para la siguiente persona que los lea”.


Estuvimos deambulando por los pasillos durante una hora y al final, nos sentamos en el piso entre los libros de poesía, donde yo le leí un poco. Él escuchó, inclinó la cabeza y preguntó

“¿Qué te gusta de esa poesía?”

Esa primavera hicimos un picnic

y le dije, “Si te contara algo, ¿me

juzgarías?”

David dejó de hacer la lista de los

títulos que planeaba leer a lo largo del

verano y levanto ambas cejas.

“Solo he leído un libro este año”, le

confesé.

“Pero es junio”, replicó él.

“Lo sé”.

“Pero te gustan los libros”, dijo. “Te gustan las librerías y las bibliotecas también”.

“¿Eso es un factor decisivo?”

“No, pero aun así, ¡lee un libro!”


Penosamente estaba consciente de la evidente hipocresía en mi vida. Yo defendía las virtudes de las librerías en la era de Internet y compraba libros cada vez que tenía la oportunidad, pero difícilmente los leía. Los ponía en todas partes, hasta que llegó el momento en que mi casa estaba cubierta de libros como uno se cubre con ropa. Estaban apilados en las sillas y sobre los brazos del sofá. En japonés, hay una palabra para esto: tsundoku. El acto de comprar libros que no son leídos. Cada uno de mis libreros tienen dos filas de libros, la interior y la exterior, y alrededor hay pilas de ellos con diferentes categorías: libros que ya leí.


Libros que quiero leer. Libros que empecé pero no terminé porque no me gustaron. Libros que empecé y me encantaron pero no podía justificar el estarlos leyendo debido a su descriptivo contenido sexual o violento.


La siguiente vez que visité una librería con libros que costaban un dólar, compré cinco títulos para mí y dos para David. Su exhortación, “lee un libro”, resonaba en mi cabeza como un eco. Una tarde, elegí uno que compré únicamente por su título poético. Me fue difícil engancharme, pero cada vez que estaba tentada a dejarlo, pensaba en David, quien apenas había empezado a leer La broma infinita.


Me esforcé para terminar los primeros dos capítulos y en el tercero descubrí a un nuevo narrador. Me encantó que hubiera puntos de vista alternados. Llevé el libro conmigo al trabajo, lo leí en mi receso y de camino a casa, levantando la vista ocasionalmente para evitar tropezar con otros transeúntes. “¿Qué tal estuvo tu día?”, preguntó David en un mensaje de texto. “Bien. Un poco cansador”, respondí.


“Estuve despierta hasta tarde y terminé de leer mi libro”. Traté de introducirlo en la conversación pero me sentía orgullosa de mí misma. La última vez que pasé la noche en vela para leer fue a los 12 años y el libro fue Mujercitas.


No era una competencia, pero sí un tira y afloje. Sentía como David me impulsaba a ser más la persona que solía ser y a ser más como quería ser. Siempre que quería hablar acerca de los libros de hechos reales o los filósofos ambientales, que estaba leyendo, yo le hablaba de ficción, de hombres que dejaban su país metidos en cajas solo para salir de ahí convertidos en aves. En una ocasión le pregunté a David qué era lo que le gustaba de mí. Él hizo una pausa y dijo: “Tú me haces menos cínico y puedo ver el mundo más como un lugar lleno de maravillas contigo”.


David sugirió que visitáramos la biblioteca de nuevo. Me preguntó si recordaba el juego que jugamos la primera vez que visitamos el lugar. “Lo recuerdo”, le dije.


Entonces, tomó un libro de uno de los estantes, se arrodilló y lo abrió. Dentro, había una nota adhesiva que decía: “Karla, siempre has sido tú. ¿Quieres casarte conmigo? Su propuesta había estado entre las páginas de La princesa rebelde durante todo un año. “Sí”, respondí. “Sí me quiero casar contigo”. Nos abrazamos en medio del pasillo de ficción, rodeados por las historias de otras personas y a punto de comenzar a escribir la nuestra.


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