Junio de 1964: Aconcagua, ascensos mortales Junio de 1964: Aconcagua, ascensos mortales

No mucho más de 50 personas habían escalado el Aconcagua a principios de la década del 60. Y 25 habían muerto intentándolo.

En este siglo XXI unas 6.000 personas se acercan al Aconcagua todos los años. De ellas, de 3.000 a 3.500 lo escalan. Los viejos andinistas (o “montañistas”) no pueden estar más asombrados. Hasta la sexta década del siglo pasado habría sido posible memorizar los nombres de todos los que habían logrado hacer cima. Era un esfuerzo casi límite y un privilegio siquiera intentarlo. También un peligro cierto. Sin telefonía celular ni satelital, sin telas que “respiran”, sin utensilios hechos de nuevos materiales y aleaciones, sin equipos de oxígeno compacto, incluso sin técnicas desarrolladas para resistir esas mismas alturas sin oxígeno, la muerte era una posibilidad muy alta. Habría sido inverosímil que un niño de nueve años llegara a la cumbre (2013) o una niña de 12 (este 2020). Y, directamente absurdo, la escalada en bicicleta (por la ruta más fácil) que se realizó por primera vez en 1986 y en los veranos es relativamente común. La situación hoy es tal que, en 2002, el andinista Gabriel Cabrera subió la montaña ¡seis veces en 42 días!

El Aconcagua sigue gruñendo de vez en cuando, pero ahora se rinde más fácil. En 2002 el francés Bruno Sourzac escaló en 22 horas la Pared Sur sin equipar la ruta previamente. Para la primera subida por ahí, como se ve en la nota a continuación (publicada en junio de 1964), el equipo –también galo– que obtuvo la gloria, ¡demoró casi un mes en prepara la base con los abastecimientos para intentar lo que entonces era visto como imposible!


El imponente reto del Aconcagua

Leland Stowe

La montaña más alta del mundo al oeste del Himalaya y de la Unión Soviética, sigue siendo desconocida, salvo para los montañeros, sobre quienes el Aconcagua –el pico más alto de los Andes, en la Argentina– ha ejercido siempre una fascinación magnética, a veces irresistible. Con su cresta nevada que se eleva 7.023 metros de altura sobre el nivel del mar, este incomparable monarca del mundo occidental supera en más de 800 metros al McKinley, en Alaska, y en más de 2.200 al famoso monte Blanco de los Alpes franco-italianos. Débese en parte esa atracción a que

descuella solitario como el techo de América –el “Centinela de Roca” lo llamaron los indios preincaicos– pero más que todo a su maligno, diabólico carácter.

El Aconcagua, mole de piedra volcánica embozada en su manto de hielo, domina una heroica procesión de gigantes andinos. Desde Colombia, Perú y Bolivia hacia el sur, la cordillera de los Andes, colosal espina dorsal de Sudamérica y la más larga cadena continua de montañas en el mundo, alza más de 20 picos por encima de los 6.000 metros de altitud. En este “Padre de los montes tiene su culminación.

Desde que el alpinista suizo Matías Zürbriggen conquistó el Aconcagua por primera vez en enero de 1897, muchísimos denodados exploradores han emprendido la aventura y unos 50 han coronado la cima, mientras que otros 25, quizá, han perecido en la demanda. Las defensas climatológicas de que dispone el gigante son en verdad formidables, tal vez sin paralelo en mundo. Tanto es así que las autoridades en la materia tienen catalogada la ascensión al Aconcagua por su ladera sur como “clase seis”, la más difícil de todas.

Aun en el verano de hemisferio austral, que va de diciembre a marzo, las temperaturas del alto Aconcagua, que nunca suben de 18 grados bajo cero del centígrado, suelen descender muy frecuentemente hasta 35 y 40 bajo cero. Más también se encuentran en sus flancos anormales peligros atmosféricos. El aire caldeado que asciende del océano Pacífico suele chocar con heladas corrientes y producir improvisadamente tormentas de nieve y huracanes de una velocidad de 150 kilómetros por hora. Bajo una acometida semejante, algunos montañeros precariamente asidos a una roca han sido barridos por los aires como palillos de fósforos.

Diabólicas tempestades eléctricas castigan a veces a los picachos desnudos. En una ocasión varios exploradores chilenos escaparon milagrosamente con vida de un ataque de rayos como venablos que golpeaban en torno a ellos a intervalos de cinco a veinte segundos; de las puntas de los guantes les saltaban chispas, que estallaban en racimos a solo un metro o dos de sus cabezas.

El soroche o mal de montaña, causado por insuficiencia de oxígeno, es otra amenaza. Produce generalmente fuertes vascas y vómitos o vértigos y terribles dolores de cabeza. También puede causar súbitos trastornos mentales. Perdida la razón, la víctima a menudo echa a andar sin parar mientes en las profundas grietas y precipicios, gritando o cantando incoherentemente. Muchas víctimas del soroche no se han vuelto a ver jamás. El padre Kastelic, sacerdote yuogoeslavo, dominado por la obsesión de plantar un crucifijo de bronce en la cima, trató de trepar a lo más alto en medio de una furiosa ventisca con temperatura bajo cero, y solo, ¡sin pica, sin abrigo y sin guantes! Su cadáver congelado se encontró un año después.

Esta euforia del soroche dio a pie hace mucho tiempo para que los andinistas llamaran al Aconcagua “la montaña de las alucinaciones”. Las visiones fantasmagóricas en repetidas ocasiones han llevado a los alpinistas a un loco abandono y a la perdición. Un montañero argentino vio de pronto a pocos metros ante sí una cabeza sin cuerpo que danzaba en la niebla. Durante 20 minutos la incorpórea aparición lo incitó a seguir adelante. Luego desapareció para ceder su

puesto –¡a más de 5.800 metros de altitud!– a una caravana de carros de bueyes que (de ello el obseso estaba seguro) le mostrarían el camino hasta la cima.

Distinguida es la lista de los alpinistas sacrificados por las furias climáticas del Aconcagua.

El intrépido inglés Basil Marden, capitán del famoso regimiento de los Lanceros, inició un ascenso solo un ascenso en pleno invierno, en julio de 1928, declarando: “Si no regreso, no envíen partidas de salvamento”. Pereció en una avalancha. Por paradójico que parezca, el ardiente sol de la montaña, aunque rara vez se ve, puede ser una fatalidad. En 1936, por razones de comodidad, Newell Bent, gigante norteamericano despreció los consejos de los veteranos y trepó todo un día desnudo de la cintura hacia arriba. Enfermó de fiebre y murió a los tres días de insolación.

Ninguna de las víctimas demostró más indomable espíritu que el famoso Juan Jorge Link, que subió cuatro veces a la cima. Como fascinado por ella, inició su última ascensión en febrero de 1944, en compañía de su esposa, Adriana Bance de Link, hasta entonces la única mujer que había podido alcanzar la cumbre, y otras personas. Habían llegado a los 6.180 metros de elevación cuando violentas ráfagas de viento, a temperaturas de 22 grados bajo cero, obligaron a dos de la partida a regresar. Los Link, acompañados por Albert Kneidl, desafiaron una tormenta que se formaba rápidamente, reanudaron la ascensión y fueron aprisionados por un “huracán blanco” de terrible ferocidad. Durante tres días con sus noches los elementos rugieron sin cesar. Dos partidas de salvamento que se enviaron después, corriendo gravísimo riesgo, no encontraron señal alguna de los tres exploradores, cuyos cadáveres solo se hallaron al año siguiente, al pie de una pendiente rocosa.

(…)

Por cada trágico episodio de derrota en la historia de la montaña hay, sin embargo, un relato de triunfo. Uno de estos empezó en enero de 1954 cuando un grupo de jóvenes alpinistas franceses, encabezados por René Ferlet, dejaron asombrados a los andinistas veteranos al anunciar que se proponían escalar la ladera meridional. “¡Es imposible!” les dijeron. Durante casi 60 años la vertiente meridional cuyo ascenso culmina en una escarpa que se eleva más de 2.400 metros con un declive de 50 grados por término medio, había permanecido inexpugnable.

Nada arredraba a los montañistas franceses, sin embargo. Aunque Ferlet quedó eliminado por haber sufrido un ataque de ciática, había reunido un equipo de compañeros que se contaban entre los más eminentes alpinistas franceses: Guy Poulet, Lucien Berardini, Robert Paragot, Pierre LeSueur, Edmond Denis y el fotógrafo Adrien Dagory. Transportando provisiones equipo, tardaron casi un mes en establecer campamento cerca de la base de la escarpa, a más de 4.200 metros de altitud. Iniciaron el ascenso el 21 de febrero, y esa noche, con una temperatura de 25 a 35 grados bajo cero, durmieron como murciélagos en un nicho del acantilado.

Al día siguiente lucharon durante 13 horas… ¡para subir menos de 300 metros! Al tercer día el ascenso era todavía desesperantemente lento. Las murallas de hielo se sucedían unas a otras (…) Amaneció el 24 de febrero con torbellinos de nieve que azotaban las alturas. Tenazmente

continuaron los montañeros su ascenso, mientras ráfagas huracanadas amenazaban arrancarles las cuerdas de las manos, y éstas se les congelaban, a pesar de los guantes, al agarrarse de las rocas heladas. Luego quedaron como petrificados ante un rizado reborde de roca helada que se proyectaba hacia afuera desde una pared casi vertical de 20 metros de altura: el infame “balcón”, ¡el más terrible obstáculo del flanco sur del Aconcagua!

Lucien atado a Guy con la cuerda, empezó a ascender. Después de tallar penosamente unos 10 escalones, dijo:

-No puedo más.

–Descansa un poco –le contestó Guy, y durante diez minutos se estuvieron quietos en su vertiginoso colgadero. Luego Lucien dijo una sola palabra: “¡Listo!”.

(…)

Junio de 1964: Aconcagua, ascensos mortales

Habían tardado cinco horas en subir los últimos 20 metros. Después de que hubieran cavado un peligroso nido de hielo en una minúscula hendidura del balcón, Lucien estiró los brazos diciendo: “¡Mi mano! ¡Voy a perder la mano!” Tenía la mano izquierda amoratada e hinchada al doble del tamaño normal, cubierta de grandes ampollas. Las quemaduras de hielo que habían sufrido sus compañeros eran casi igualmente graves. Preveían la amputación o posiblemente la muerte por gangrena. Ante tan sombrías perspectivas, redoblaron su energía para golpearse unos a otros las extremidades y estimular un poco la circulación antes de enfundarse en sus talegos de dormir.

La mañana del 25 de febrero los franceses reanudaron el ascenso bajo un sol que por rareza brilló aquel día como una bendición. Por la tarde estaban ya cerca de la cúspide. El sol bañaba el deslumbrante pico que se elevaba sobre ellos. Mordidos por los colmillos del ventarrón, sin separarse el uno del otro, y andando cuanto se lo permitían sus vacilantes pies, Guy y Lucien subieron por la rocosa pendiente hasta la cresta pintada de azul. ¡Ante sus ojos se extendía la agreste “plataforma” del Aconcagua, ¡el techo de América!

–Mira por donde hemos venido –exclamó Lucien–. Es la primera ascensión que se ha hecho por la ladera meridional del Aconcagua.

El precio de la hazaña fue cruelmente elevado. Cinco de ellos tuvieron que ser hospitalizados durante casi tres meses y todos sufrieron amputaciones de dedos de pies o manos. No obstante, para los montañeros de todo el mundo, su triunfo es tan imperecedero como la implacable cara del Centinela de Roca. “Fue una de la mayores proezas de montañismo en toda la historia”, declaró el Dr. Humberto Barrera, de Chile.

¿Por qué continúa el hombre desafiando las furias del Aconcagua? El alpinista inglés George Leigh Mallory, que pereció en el monte Everest, dio una vez esta respuesta cuando se empeñaba en subir a él: “Porque la montaña está ahí”. El Aconcagua, con sus diabólicas e indomables características climáticas, estará siempre allí… por eso habrá siempre hombres que quieran escalarlo.

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