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En medio de postales escénicas dignas de “el Señor de los Anillos” emerge un mundo en el que chocan pampas, hielos, roca, bosques y cielo. Y también, descanso...

Que recién en 1965, una época en que prácticamente todas las montañas con altura equivalente en el mundo (excepto las de la Antártida y Alaska) habían sido ya escaladas muchas veces, se produjera la segunda ascensión del Cerro Fitz Roy (3.405 mts), es una señal de lo cierto que hay en lo que se dice: es una de las montañas más difíciles en las cuáles hacer cumbre del planeta.

Su nombre aborigen, Chaltén, entrega parte de la clave: en lengua tehuelche significa “montaña humeante”, debido a la cobertura de nubes que rasgan su cima. La más alta de un macizo que cuenta con 16 picos que, por su agudeza, le dan la fisonomía de un skyline de novela al estilo de “El Señor de los Anillos”. Los cambios de vientos agudos, producto de la brusquedad con que frentes de mal tiempo azotan la zona, junto a la cercanía de las montañas al Océano Pacífico, obligan a los andinistas a moverse rápidos y estar dispuestos a reaccionar con todavía más velocidad.

Tales características llevaron a que apenas en el año 1952 una expedición francesa dirigida por Lionel Terray y Guido Magnone, los que ascendieron por la ahora conocida como vía sudeste, llegó a su cima.

Tres cuartos de siglo antes, el perito Francisco Pascasio Moreno había rebautizado (el 2 de marzo de 1877) al Chaltén como Fitz Roy, homenajeando así a Robert Fitz Roy quien recorrió Santa Cruz cincuenta años antes, en el célebre viaje alrededor del mundo en el cual Charles Darwin pergeñó y junto datos para su teoría de la Evolución.

Uno de los compañeros del Fitz-Roy/Chaltén es el Cerro Torre. Ambos dagas de hielo, roca y nieve. En este último, el cineasta alemán Werner Herzog realizó otra de sus películas cuasi demenciales: Schrei aus Stein ("Grito de piedra", 1991). No podía ser de otra manera, sus protagonistas eran Vittorio Mezzogiorno, Hans Kammerlander y Donald Sutherland,  escaladores. Por su parte, Jon Krakauer, montañista y escritor, describe la montaña como “una púa aterradora de una milla de alto de granito vertical y saliente”, en la cinta Into Thin Air.

Tanta adrenalina y atletismo ocurre en un contexto no necesariamente agotador, per se: El Parque Nacional Los Glaciares. Su nombre proviene de las grandes masas de hielo que lo caracterizan, 726.927 hectáreas, también de bosque andino-patagónicos australes y algo de la estepa patagónica. Es el más extenso del Sistema Nacional de Áreas Protegidas Argentinas.

Posee una particularidad: mientras que los glaciares, de promedio, están a más de 2.500 metros sobre el nivel del mar, en el Parque nacen a solo 1.500 metros y bajan hasta los 200 metros, lo que habilita una facilidad en el acceso poco común.

Para quienes ya se agotaron con solo imaginar tales vastedades e inclemencias, hay que decir que, en 2014, el poblado de El Chaltén tuvo el honor de ocupar el segundo lugar en el ranking de la guía Lonely PLanet de las Mejores ciudades del mundo por conocer (Best in Travel). Claro, se encuentra en medio del parque, con alrededor de 1.500 habitantes. Pero lo anterior tiene un precio: no está permitido tener mascotas. Para consolarse se pueden disfrutar de waffles en el local especializado lleno de largas horas de luz en el verano en que el sol se rebela y no quiere ir a acostarse.  

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